Lagrimas de un Menor – Capítulo 7º Parte 3º

 
(Continuación Capitulo 7º partes 1º y 2º)
 

Se habían convertido, en la típica banda de barrio, en la que lo único que buscaban era el conflicto, y el poder aprovecharse de los niños indefensos que jugaban en el parque.

Todos los días, buscaban la manera de poder crear los problemas suficientes, para atemorizar a todos los niños que por allí jugaban, pero sobre todo, casi todos los días se encontraban en las inmediaciones de mi casa, pues sabían que casi siempre salía yo, con dinero para ir a comprar, para mi madre, o para comprarme alguna chuchería cuando Julio me daba dinero.

Siempre buscaban la oportunidad, para meterse conmigo, sin la presencia de ninguna persona mayor, lo que ellos aprovechaban para empujarme, golpearme, y quitarme el dinero.

En varias de las ocasiones, me quitaron el dinero de la compra, aunque mí madre nunca me daba más de unas mil pesetas, que en aquellos años era bastante dinero (unos seis euros).

 Esas sustracciones, realizadas por los cuatro hermanos, me costaba después la correspondiente paliza de mí madre, que se creía que me gastaba el dinero, o que lo perdía.

Aunque la mayoría de las veces, ella pensaba que yo me lo gastaba, en un salón de maquinitas de marcianos, que había en el principio de la calle.

¿Cómo podía decirle, que me golpeaban, y me lo quitaban, si ni siquiera me dejaba explicarle, y empezaba a golpearme?

¿Por qué nadie se daba cuenta de que yo tenía miedo, de salir a la calle, y encontrarme con aquellos niños?

¿A quien podía acudir, si a Julio no lo veía en todo el día, y mi madre, no me creía, ni escuchaba?

 

Así que poco, a poco, empecé a darme cuenta de que la mejor manera de qué no me golpeasen tanto los cuatro hermanos, cómo mi madre, era el esconderme el dinero, en mis partes íntimas, y arriesgarme a ser golpeado por los “bizcos”, pero por lo menos me ahorraría la posterior paliza de mi madre.

Por lo que tras un tiempo, sin poder sacarme dinero en las compras, me dejaron tranquilo. Aunque cada vez que me viesen por el parque tendría la paliza,  garantizada.

Cierto día en el parque, mientras que jugaba explotando un paquete de pequeños petardos, me cogieron entre los cuatro, y tras golpearme repetidamente, me dijeron que abriera la mano, y que sujetase un petardo.

Según ellos, si aguantaba el dolor, y dejaba que el petardo explotara en mi mano, ellos me dejarían en paz para siempre.

Yo, que lo único que deseaba era que esa pesadilla acabara para siempre, accedí…

 Y vi, cómo encendían el petardo, cuya mecha sobresalía del puño.

La fuerte explosión, de aquel diminuto petardo, frenada por la presión de tener el puño cerrado, hizo que lo abriera de repente debido al tremendo dolor que me producía.

Mientras que los cuatro hermanos reían sin control por lo que me habían hecho, yo arrodillado en el suelo lloraba, ante el dolor de las quemaduras producidas.

Pero la promesa que me dieron no la cumplieron, y cuando me vieron en el suelo, me golpearon con varias patadas, y me quitaron los petardos, y las llaves que llevaba en el bolsillo, las cuales llevaban un llavero del Real Madrid, que era lo que querían en realidad.

Yo, por temor a la represalia de mi madre, al verme llegar sin llaves, les suplicaba una, y otra vez:

-“Por favor, por favor, devolvedme las llaves, si queréis me explotáis otro petardo, pero devolvedme las llaves”.

Ellos reían, y se mofaban de mí, y tras sacar las llaves del llavero, me dijeron:

-“Si quieres las llaves, vete a por ellas”.

 

Y tras coger todas las llaves con una mano, las tiraron, cómo si de una piedra se tratase, fuera de nuestra vista.

 Mi desolación, y nerviosismo, era de un carácter indescriptible, ante la terrorífica idea de volver a casa, sin las llaves, lo que me costaría la correspondiente paliza por parte de mi madre.

Los cuatro hermanos, huyeron del lugar, dejándome en el suelo, llorando, y con la mano dolorida, por la explosión, y los golpes recibidos, pero lo que más me aterrorizaba, era la idea de volver a casa.

Estaba cercano el momento de que mí madre, apareciese por el balcón, silbándome para volver a casa, así que no tenia que perder el tiempo, y buscar las llaves que sueltas, tenían que estar en los campos próximos al parque.

Empecé a buscarlas, alejándome de la vista del balcón de mi casa, por lo que tras pasar el tiempo, buscando las llaves, y sin prestar atención del silbido de mi madre, esa búsqueda se convirtió en otro motivo por el que tendría, la pertinente paliza garantizada.

De repente, tras la espesura de los pinos, vi aparecer a la última persona que deseaba ver en aquel momento, una persona que se dirigía hacia mí, con una mirada fuera de lugar, y con una postura que daba pavor sólo con verla.

Mí madre, la cual tras agarrarme fuertemente del brazo, y tras arrastrarme a empujones, no paraba de repetir una, y otra vez:

         “Te vas a enterar en llegar a casa, llevo una hora llamándote, no te he dicho mil veces que no te muevas de delante de casa, prepárate, me tienes harta. Ya se te ha acabado para siempre salir al parque”.

 

Yo no paraba de llorar, intentando explicarle lo ocurrido, y sobre todo el poder  contarle lo de los cuatro hermanos, y lo de las llaves.

 Pero ella no me escuchaba, y seguía fuera de control, un control, que acabó de perder en el interior del piso.

Nada más entrar por el portal del piso, me empujó hacia el suelo, y tras darme dos patadas en el costado, me arrastró hacia el interior de mí habitación, dónde me tumbó sobre la cama, y comenzó a golpearme sin control:

-“Te voy a matar, me tienes harta, nunca te tuve que tener, te tenia que haber vendido, antes te mato que me vuelvas loca, “.

Esas, y otra frases de las mismas características, no paraban de salir de aquella boca que apestaba al alcohol, que había ingerida durante la tarde, sin escucharme, y sin poder hacer otra cosa que no fuera golpearme.

Mientras tanto, yo entre los gritos más terroríficos de dolor, que un niño puede soportar, y mientras que la sangre que me salía de la cabeza, y de las narices, manchaban la colcha, y el papel de la pared de la habitación.

Yo, a duras penas, podía explicarle lo que me había ocurrido, pero al enterarse de la perdida de las llaves, ella incrementó su ira, y sobre todo su manera de golpearme con el puño, y su zapato de tacón.

El dolor producido por el petardo, no tenia ni punto de comparación con el que me producía los golpes que sin control me propinaba mí madre, por todo mí cuerpo, y en especial en la cabeza, la que intentaba proteger con los dos brazos. Quedándose las marcas de los golpes del zapato, sobre, mis delgados, y doloridos brazos.

En varias de las ocasiones, en el qué aquel zapato de plataforma, y de largo tacón impactó sobre mi cabeza, se me nubló la vista, viendo, cómo se movían las paredes, y todo lo que me rodeaba.

 Y sintiendo unos fuertes calambres en la cabeza, que me producía un debilitamiento de las rodillas, las cuales me hacían caer al suelo.

Ella, al verme tirado en el suelo de la habitación, me golpeaba con sus pies desnudos, y tras agarrarme de los pelos de la cabeza, completamente cubiertos de sangre, me levantaba, y continuaba golpeándome con el zapato sobre la cama.

Y seguía repitiendo una, y otra vez:

-“Encima tenemos que cambiar la cerradura por tú culpa, yo te mato….”.

No sé el tiempo que trascurrió, pero lo único que puedo recordar, es que en el momento en el que ella abrió la puerta de la habitación, y salió para calmarse.

Yo estaba cubierto en un manto de sangre, que sin control alguno, me brotaba de la cabeza, y de los orificios nasales, y en lo único que pensaba, era en:

¿Porqué a mí?

¿Por qué no podía tener una madre cómo todos los niños?

 ¿Por qué Dios no me llevaba con Él?

¿Porqué no tenia el valor suficiente, de abrir la ventana, y tirarme por ella?

Si de todas formas mi vida no tenía ningún sentido.

 

Tras un breve espacio de tiempo, en el que mil ideas pasaban por mi ensangrentada cabeza, ella volvió a entrar en la habitación, esta vez no para volverme a golpear, si no para llevarme al aseo, y curarme las heridas.

 Aunque su manera de hablar, con aquel tono amenazante, no había cambiado…

Lo único, que yo podía repetir una, y otra vez entre sollozos, era:

-“Perdón mamá, perdóname, mamá, por favor…”

¿Por qué pedía perdón, si en realidad no había cometido ninguna falta?

Me daba igual, era lo primero que podía decir, con tal de que no me volviese a golpear, y ella se calmase un poco.

Mientras que me curaba en el interior del cuarto de baño, y cogido con fuerza del cabello ensangrentado, ella continuaba gritándome, seguidamente, lo que me hacia temer que volviese a golpearme.

 Pero no lo volvió a hacer, ya que ahora lo que me producía más dolor, era los algodones impregnados en alcohol sobre la cabeza, y los algodones del interior de los orificios nasales, que impregnados en vinagre, intentaban cortar la hemorragia producida por los golpes.

Esa mezcla, de sangre, y de acido acético, bajaban por mi traquea, provocándome fuertes ansias, y ganas de vomitar.

Un día más, cómo tantos, me quedé sin cenar, y con el cuerpo dolorido por los golpes recibidos, me encerró en la habitación, donde lo único que podía hacer era llorar, y llorar, deseando constantemente el dormirme, y jamás volver a despertarme.

Tan solo, los recuerdos de momentos pasados de mi vida, cómo los vividos en Nazaret, la torre San Fernando, Mataró, o en Bujalance, me hacían soñar con momentos más felices que los que vivía en Zaragoza.

Los días posteriores, a la perdida de las llaves, mi salida de la casa era un imposible, debido al castigo de mi madre, en el que no podía ni asomarme al balcón, y era obligado a permanecer en la cocina copiando libros, en una libreta de “la abeja Maya”.

No sé, la de libretas que llegué a llenar, hasta que a mí madre, vio que las heridas ya no eran visibles, y ya podía salir a la calle, a realizar las compras de la casa, y sobre todo ir a la farmacia para buscar sus nuevas dosis de “Minilip”.

 Libreta, tras libreta, desde temprana mañana, hasta el oscurecer, sin poder menearme de la cocina, y atemorizado por la idea de qué mí madre apareciera en la cocina, y me viese sin escribir, ya que me propinaría el correspondiente bofetón, que haría estrellarse mi cabeza contra los azulejos de la pared, donde estaba sentado.

Unos azulejos, que durante toda la vida me recordarán al verlos, que fueron cascados por los golpes recibidos contra la pared por mi cabeza.

Mi vida, en el interior de la cocina, se volvió en una costumbre, y tan solo podía comer en compañía de mi madre, cuando hubiese algún invitado, o llegase alguna fiesta especial en la que Julio estuviese, en casa.

Durante largos días, tampoco pude ver a Julio, debido a la temprana hora en la que mi madre, me encerraba en la habitación, con la excusa de que Julio no quería ni verme.

Una falsedad más de mi madre, ya que Julio, siempre al llegar a casa preguntaba por mí, y ella le decía que estaba castigado, por portarme mal, y que yo me portaba mal porque no soportaba la relación de él, y mí madre.

Unas mentiras, cuyo único propósito, era el de separar, un afecto, y cariño, que poco, a poco iba creciendo entre Julio, y yo, debido al respeto que le procesaba.

Yo deseaba, que él se diera cuenta de todo, pero al no poder verlo, y tener que estar acostado cuando él llegaba,  por las noches a casa, él nunca llegó a darse cuenta de la verdad, y siempre creyó los comentarios de una mujer, cada vez más nerviosa debido al consumo de las malditas pastillas, con el alcohol que ingería.

Y a pesar de aquella constante pesadilla, que cómo era la de vivir junto a una mujer cada vez más nerviosa, debido a su adicción, y al nerviosismo por la falta de trabajo, el verano del 78, seguía su curso.

Y mientras los niños disfrutaban del buen tiempo en las piscinas publicas del parque, o correteando por las laderas del mismo, yo continuaba encerrado en la cocina, copiando libros en las libretas, y soportando las constantes broncas, y riñas sin sentido por parte de mi madre.

 Tan sólo la música, procedente del merendero del parque, me traía señales de la vida en el exterior de aquel piso. “Cara de Gitana” de Danny Daniel, Rocío Durcal, Miguel Bosé, y Las Grecas, no paraban de sonar por aquella maquina de discos, que estaba situada en la cumbre del parque, y en el exterior del merendero.

Al llegar el mes de Septiembre, y cómo en años anteriores, me volví a quedar sin ningún regalo por parte de mi madre, el día nueve, es decir el día de mi noveno cumpleaños.

Esos días tan especiales para cualquier niño, y para cualquier familia, eran días de total normalidad en mi vida, ya fuese mi cumpleaños o el día de mi Santo, donde el único regalo que recibía era la carta, que mi yaya siempre me enviaba con letra de mi prima Rafi, y en la que me ponía siempre un billete de cien pesetas, que siempre se quedaba  mi madre.

Acababa de cumplir, los nueve años, y el mejor regalo que podía recibir fue cuando mi madre, me dijo, que estaba pensando, si meterme interno en un colegio de curas del pueblo de Julio, donde no vería el sol, hasta que no me hiciese mayor, o que a lo mejor me apuntaba en un colegio que estaba cerca de donde Julio, tenia el Restaurante, y que estaba a varios kilómetros de Zaragoza.

Todo dependía, de que mi madre, empezara a trabajar en una nueva barra americana, o club de alterne, en el que le habían ofrecido trabajar.

Un lugar llamado, “Club Estrella”, ya que la dueña se llamaba Estrella, y que al igual que el “Club Miami”, donde trabajó con anterioridad, estaba situado en el centro de Zaragoza.

Pero bueno, aún faltaba un poco para que ella empezara a trabajar en aquel establecimiento, y todavía faltaban un par de semanas para que empezara el curso escolar.

Así que al ser primero de mes, y tras conseguir dinero de aquel ganadero, que aparecía siempre todos los primeros de mes, llamado Pascual.

 Y tras conseguir otra pequeña cantidad por parte del bonachón e ingenuo de Julio, mí madre decidió que fuéramos  nuevamente, a Bujalance, donde se celebraba “la  feria”, o Fiestas Patronales.

Mi felicidad nuevamente era absoluta, frente a la idea de volver una vez más, y de estar junto a mis seres queridos.

 Así que intenté que mi madre, no cambiase de parecer, ni de idea, y rezaba todas las noches para que ese viaje se hiciese realidad.

Esta vez en autobús, desde Zaragoza, hasta Madrid, y Madrid, Bujalance.

Unas doce horas de largo viaje, cansino, y agotador, pero lleno de ilusión y esperanza por  ver a mi yaya, y familiares.

Al llegar a Bujalance, esta vez estaba mas ilusionado que la vez anterior, ya que los olivos carecían de flor, y no corría el peligro de que el cuerpo se me cubriera de granos por la alergia.

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