Lagrimas de un Menor – Capítulo 7º Parte 3º

(Continuación Capitulo 7º partes 1º y 2º)

 

Aquellos “chulescos” hermanos ,se habían convertido en la típica banda de barrio que cómo tantas por el resto de España, florecían bajo las influencias de noticias sobre “Toretes y Vaquillas”,y en la que lo único que buscaban era el conflicto, y el poder aprovecharse de los niños indefensos que jugaban en el parque.

Todos los días, buscaban la manera de poder crear los problemas suficientes, para atemorizar a todos los niños que por allí jugaban, pero sobre todo, casi todos los días se encontraban fumando y a la espera en las inmediaciones de mi casa, pues sabían que casi siempre salía yo, con dinero para ir a comprar  para mi madre, o para comprar alguna chuchería, o helado cuando Julio me daba dinero.

Siempre buscaban la oportunidad, para meterse conmigo, sin la presencia de ninguna persona mayor, lo que ellos aprovechaban para empujarme, golpearme, y quitarme el dinero, siendo siempre el mismo “Modus Operandi”, y colocándose uno a cada lado mío, y otro a la espalda, para evitar que yo saliese corriendo, atemorizándome para que no gritara ni pidiera ayuda a ningún adulto.

En varias de las ocasiones, me quitaron el dinero de la compra, aunque mí madre nunca me daba más de unas mil pesetas, que en aquellos años era bastante dinero (unos seis euros) de la actualidad, pero en dónde se podría realizar la compra holgadamente.

 Esas sustracciones, realizadas por los cuatro hermanos, me costaba después la correspondiente, y despiadada paliza de mí madre, que se creía que me gastaba el dinero, o que lo perdía. (aunque si alguna vez lo perdía , también cobraba lo mío por pensar que me lo gastaba).

Aunque la mayoría de las veces, ella pensaba que yo me lo gastaba, en un salón recreativo de maquinitas de marcianos, que había en el principio de la calle, y que justamente por aquella época empezaban a ser más notables, y estar más de moda por todas las ciudades de aquellos finales de los 70.

¿Cómo podía decirle, que me golpeaban, y me lo quitaban, si ni siquiera me dejaba explicarle, y empezaba a golpearme, con gran rabia y sin darme tiempo a poder explicarme?

¿Por qué nadie se daba cuenta de que yo tenía miedo, de salir a la calle, y encontrarme con aquellos niños, pero que no me quedaba más remedio que salir, al ser el recadero de mi madre en las compras?

¿A quien podía acudir, si a Julio no lo veía en todo el día, y mi madre, no me creía, ni escuchaba…?

 

Así que poco, a poco, empecé a darme cuenta de que la mejor manera de qué no me golpeasen tanto los cuatro hermanos, cómo mi madre, era el esconderme el dinero, en mis partes íntimas, y arriesgarme a ser golpeado por los “bizcos”, pero por lo menos me ahorraría la posterior paliza de mi madre…

Por lo que tras un tiempo, sin poder sacarme dinero en las compras, me dejaron tranquilo,aunque cada vez que me viesen por el parque tendría la paliza,  garantizada.

Cierto día en el parque, mientras que jugaba explotando un paquete de pequeños petardos, me cogieron entre los cuatro, y tras golpearme repetidamente, me dijeron que abriera la mano, y que sujetase uno de los petardos .

Según ellos, si aguantaba el dolor, y dejaba que el petardo explotara en mi mano, ellos me dejarían en paz para siempre, y jamás volverían a meterse conmigo, pues les demostraría mi fortaleza, y valentía, y así podría ser uno de ellos (algo que no me hacía ninguna ilusión, pero que lo único que me motivaba era el que finalmente me dejasen tranquilo).

Yo, que lo único que deseaba era que esa pesadilla acabara para siempre, tontamente y sin ninguna otra opción, pues me lo harían igual, accedí…

 Y vi, cómo encendían el petardo, cuya mecha sobresalía del debilucho puño, mientras mi mano no paraba de temblar, y el más fuerte de uno de los hermanos, me tenía fuertemente sujeto del brazo.

La fuerte explosión, de aquel diminuto petardo, frenada por la presión de tener el puño cerrado, hizo que lo abriera de repente debido al tremendo dolor, y quemazón que me producía.

Mientras que los cuatro hermanos reían sin control por lo que me habían hecho, yo arrodillado en el suelo lloraba, ante el dolor de las quemaduras producidas.

Pero la promesa que me dieron no la cumplieron, y cuando me vieron en el suelo, me golpearon con varias patadas, y me quitaron los petardos, y las llaves que llevaba en el bolsillo, las cuales llevaban un llavero del Real Madrid, que era lo que querían quitarme en realidad.

Yo, por temor a la represalia de mi madre, al verme llegar sin llaves, les suplicaba una, y otra vez:

-“Por favor, por favor, devolvedme las llaves, si queréis me explotáis otro petardo, pero devolvedme las llaves…”.

Ellos reían, y se mofaban de mí, y tras sacar las llaves del llavero, me dijeron:

-“Si quieres las llaves, vete a por ellas”.

 

Y tras coger todas las llaves con una mano, las tiraron, cómo si de unas piedras se tratase, fuera de nuestra vista, y hacia una gran pinada cercana.

 Mi desolación, y nerviosismo, era de un carácter indescriptible, ante la terrorífica idea de volver a casa, sin las llaves, lo que me costaría la correspondiente paliza por parte de mi madre, junto con su correspondiente castigo.

Los cuatro hermanos, huyeron del lugar, dejándome en el suelo, llorando, y con la mano dolorida, por la explosión, y los golpes recibidos, pero lo que más me aterrorizaba, era la idea de volver a casa, y hacer frente a la crueldad de mi madre.

Estaba cercano el momento de que mí madre, apareciese por el balcón, silbándome para volver a casa, así que no tenia que perder el tiempo, y buscar las llaves que sueltas, tenían que estar en los campos próximos al parque…

Empecé a buscarlas, alejándome de la vista del balcón de mi casa, por lo que tras pasar bastante tiempo sin éxito alguno, buscando las llaves, y sin prestar atención del silbido de mi madre, esa búsqueda se convirtió en otro motivo por el que tendría, la pertinente paliza garantizada.

De repente, tras la espesura de los pinos, vi aparecer a la última persona que deseaba ver en aquel momento, una persona que se dirigía hacia mí, con una mirada fuera de lugar, y con una postura que daba pavor sólo con verla, era superior el dolor en mi rostro por el miedo ante esa persona que se aproximaba, que las heridas producidas en la mano por el petardo explotado en la misma.

Mí madre, la cual tras agarrarme fuertemente del brazo, y tras arrastrarme a empujones, no paraba de repetir una, y otra vez:

         “Te vas a enterar en llegar a casa, llevo una hora llamándote, no te he dicho mil veces que no te muevas de delante de casa, prepárate, me tienes harta. Ya se te ha acabado para siempre salir al parque…”.

 

Yo no paraba de llorar, intentando explicarle lo ocurrido, y sobre todo el poder  contarle lo de los cuatro hermanos, y lo de las llaves extraviadas.

 Pero ella no me escuchaba, y seguía fuera de control, un control, que acabó de perder por completo en el interior del piso.

Nada más entrar por el portal del piso, me empujó hacia el suelo, y tras darme dos patadas en el costado, y cogiéndome una de las escuálidas piernas,me arrastró hacia el interior de mí habitación, dónde me tumbó sobre la cama, y comenzó a golpearme sin control, una y otra vez, al mismo tiempo que gritaba en voz alta y rabiosa:

-“Te voy a matar, me tienes harta, nunca te tuve que tener, te tenía que haber vendido, antes te mato que me vuelvas loca…“.

Esas, y otra frases de las mismas o peores características, no paraban de salir de aquella boca que apestaba al alcohol, que había ingerida durante la tarde, sin escucharme, y sin poder hacer otra cosa que no fuera golpearme sin piedad alguna.

Mientras tanto…

Yo, entre los gritos más terroríficos de dolor, que un niño pueda soportar, y mientras que la sangre que me salía de la cabeza, y de las narices, manchaban la colcha, y el papel de la pared de la habitación, cuya cabeza impacto varias veces contra ella, por los empujones de mi madre.

Yo, a duras penas, podía explicarle lo que me había ocurrido, pero al enterarse de la perdida de las llaves, ella incrementó su ira, y sobre todo su manera de golpearme con el puño, y su zapato de duro tacón.

El dolor producido por el petardo, no tenia ni punto de comparación con el que me producía los golpes que sin control me propinaba mí madre, por todo mí cuerpo, y en especial en la cabeza, la que intentaba proteger con los dos brazos. Quedándose las marcas de los golpes del duro zapato, sobre, mis delgados, y doloridos brazos…

En varias de las ocasiones, en el qué aquel zapato de plataforma, y de largo tacón impactó sobre mi cabeza, se me nubló la vista, viendo, cómo se movían las paredes, y todo lo que me rodeaba, cayendo nuevamente de rodillas y en donde ella con su descomunal fuerza producida por la rabia, me volvía a levantar para poder golpearme mejor en el rostro y cabeza.

 Y  seguía sintiendo unos fuertes calambres en la cabeza, que me producía un debilitamiento de las rodillas, las cuales me hacían caer al suelo, una y otra vez…

Ella, al verme tirado en el suelo de la habitación, me golpeaba con sus pies desnudos, y tras agarrarme de los pelos de la cabeza, completamente cubiertos de sangre, me levantaba, y continuaba golpeándome con el zapato sobre la cama.

Y seguía repitiendo una, y otra vez:

-“Encima tenemos que cambiar la cerradura por tú culpa, yo te mato, inútil de mierda, que te tenías que haber muerto al nacer….”.

No sé el tiempo que trascurrió, pero lo único que puedo recordar, es que en el momento en el que ella abrió la puerta de la habitación, y salió para calmarse,yo estaba cubierto en un manto de sangre, que sin control alguno, me brotaba de la cabeza, y de los orificios nasales, y en lo único que pensaba, era en:

¿Porqué todo me ocurre a mí?

¿Por qué no podía tener una madre cómo todos los niños?

 ¿Por qué Dios no me llevaba con Él?

¿Porqué no tenia el valor suficiente, de abrir la ventana, y tirarme por ella?

Si de todas formas mi vida no tenía ningún sentido, viviendo en aquella pesadilla constante.

 

Tras un breve espacio de tiempo, en el que mil ideas pasaban por mi ensangrentada cabeza, ella volvió a entrar en la habitación, esta vez no para volverme a golpear, si no para llevarme al aseo, lavarme y curarme las heridas producidas en la cabeza.

 Aunque su manera de hablar, con aquel tono amenazante,y cruel,  no había cambiado…

Lo único, que yo podía repetir una, y otra vez entre sollozos, era:

-“Perdón mamá, perdóname, mamá, por favor, perdonamé…”

Pero…

¿Por qué pedía perdón, si en realidad no había cometido ninguna falta?

Me daba igual, era lo primero que podía decir, con tal de que no me volviese a golpear, y ella se calmase un poco.

Mientras que ella me curaba en el interior del cuarto de baño, y cogido con fuerza del cabello ensangrentado, ella continuaba gritándome, seguidamente, lo que me hacia temer que volviese a golpearme nuevamente.

 Pero no lo volvió a hacer, ya que ahora lo que me producía más dolor, era los algodones impregnados en alcohol sobre la cabeza, y los algodones del interior de los orificios nasales, que impregnados en vinagre, intentaban cortar la hemorragia producida por los golpes.

Esa mezcla, de sangre, y de ácido acético del vinagre, bajaban por mi traquea, y fosas nasales, provocándome fuertes ansias, y ganas de vomitar, también producidas por los incesantes sollozos por el disgusto del momento.

Un día más, cómo tantos, me quedé sin cenar, y con el cuerpo dolorido por los golpes recibidos, me encerró en la habitación, donde lo único que podía hacer era llorar, y llorar, deseando constantemente el dormirme, y jamás volver a despertarme.

Tan solo, los recuerdos de momentos pasados de mi vida, cómo los vividos en el internado de Nazaret, la torre San Fernando, Mataró, o en Bujalance, me hacían soñar con momentos más felices que los que vivía en Zaragoza, en donde la convivencia junto a ella era la peor de las pesadillas que a esa edad pudiese tener un niño.

Los días posteriores, a la perdida de las llaves, mi salida de la casa era un imposible, debido al castigo de mi madre, en el que no podía ni asomarme al balcón, y era obligado a permanecer en la cocina copiando libros, en varias libretas, o cuadernos de “la abeja Maya”.

No sé, la de libretas que llegué a llenar, hasta que a mí madre, vio que las heridas ya no eran visibles, y ya podía salir a la calle, a realizar las compras de la casa, y sobre todo ir a la farmacia para buscar sus nuevas dosis de sus necesitadas pastillas“Minilip”.

 Libreta, tras libreta, desde temprana mañana, hasta el oscurecer, sin poder menearme de la silla de la mesa de la cocina, y atemorizado por la idea de qué mí madre apareciera en la cocina, y me viese sin escribir, ya que me propinaría el correspondiente bofetón, que haría estrellarse mi cabeza contra los azulejos de la pared, donde estaba sentado.

Unos azulejos, que tras años más tarde,y durante toda la vida me recordarán al verlos, que fueron cascados por los golpes recibidos contra la pared por mi joven e infantil cabeza.

Mi vida, en el interior de la cocina, se volvió en una costumbre, y tan solo podía comer en compañía de mi madre, cuando hubiese algún invitado, o llegase alguna fiesta especial en la que Julio estuviese, en casa, en donde completamente acobardado carecía de todo tipo de felicidad y alegría características de un niño de 8 años.

Durante largos días, tampoco pude ver a Julio, debido a la temprana hora en la que mi madre, me encerraba en la habitación, con la excusa de que Julio no quería ni verme, y que todos tenían ganas en aquella casa de que fuera mayor de edad para irme de allí.

 

¿Cómo podía pensar en los 18 años de edad, si ni siquiera sabía sin iría a cumplir los nueve años, tras tanto golpe y paliza recibida por parte de sus incesantes y cada vez más frecuentes palizas’.

 

Una falsedad más de mi madre, ya que Julio, siempre al llegar a casa preguntaba por mí, y ella le decía que estaba castigado, por portarme mal, y que yo me portaba mal porque no soportaba la relación de él, y mí madre.

Unas mentiras, cuyo único propósito, era el de separar, un afecto, y cariño, que poco, a poco iba creciendo entre Julio, y yo, debido al respeto que le procesaba, por considerarle una imagen paterna necesitada, y soñar con que él algún día me salvase de tal tortura junto a mi alcoholizada madre.

Yo deseaba, que él se diera cuenta de todo, pero al no poder verlo, y tener que estar acostado cuando él llegaba,  por las noches a casa, él nunca llegó a darse cuenta de la verdad, y siempre creyó los comentarios de una mujer, cada vez más nerviosa debido al consumo de las malditas pastillas, con el alcohol que sin cesar a todas horas ingería.

Y a pesar de aquella constante pesadilla, que cómo era la de vivir junto a una mujer cada vez más nerviosa, debido a su adicción, y al nerviosismo por la falta de trabajo, el verano del 78, seguía su curso…

Y mientras los niños disfrutaban del buen tiempo en las piscinas publicas del parque, o correteando por las laderas del mismo, yo continuaba encerrado en la cocina, copiando libros en las libretas, y soportando las constantes broncas, y riñas sin sentido por parte de mi madre, que una y otra vez cómo hablando con crueldad a un animal , no paraba de gritarme acobardándome aún mas, cada vez que se introducía en la cocina.

 Tan sólo la música, procedente del merendero del parque, me traía señales de la vida en el exterior de aquel piso…

“Cara de Gitana” de Danny Daniel, Rocío Durcal, Miguel Bosé, y Las Grecas, no paraban de sonar por aquella maquina de discos, que estaba situada en la cumbre del parque, y en el exterior del merendero, y cuyo sonido se escuchaba desde aquel segundo piso.

Al llegar el mes de Septiembre, y cómo en años anteriores cada vez que estaba junto a ella, me volví a quedar sin ningún regalo por parte de mi madre, el día nueve, es decir el día de mi noveno cumpleaños.

Esos días tan especiales para cualquier niño, y para cualquier familia, eran días de total normalidad en mi vida, ya fuese mi cumpleaños o el día de mi Santo, donde el único regalo que recibía era la carta, que mi yaya siempre me enviaba con letra de mi prima Rafi, y en la que me ponía siempre un billete de cien pesetas, que siempre se quedaba  mi madre.

Acababa de cumplir, los nueve años, y el mejor regalo que podía recibir fue cuando mi madre, me dijo, que estaba pensando, si meterme interno en un colegio de curas del pueblo de Julio, donde no vería el sol, hasta que no me hiciese mayor, o que a lo mejor me apuntaba en un colegio que estaba cerca de donde Julio, de donde tenía el Restaurante, y que estaba a varios kilómetros de Zaragoza.

Todo dependía, de que mi madre, empezara a trabajar en una nueva barra americana, o club de alterne, en el que le habían ofrecido trabajar.

Un lugar llamado, “Club Estrella”, ya que la dueña se llamaba Estrella, y que al igual que el “Club Miami”, donde trabajó con anterioridad, estaba situado en el centro histórico de Zaragoza.

Pero bueno, aún faltaba un poco para que ella empezara a trabajar en aquel establecimiento, y todavía faltaban un par de semanas para que empezara el curso escolar…

Así que al ser primero de mes, y tras conseguir dinero de aquel ganadero, que aparecía siempre todos los primeros de mes, llamado Pascual.

 Y tras conseguir otra pequeña cantidad por parte del bonachón e ingenuo de Julio, mí madre decidió que fuéramos  nuevamente, a Bujalance, donde se celebraba “la  Feria”, o Fiestas Patronales de la localidad.

Mi felicidad nuevamente era absoluta, frente a la idea de volver una vez más, y de estar junto a mis seres queridos.

 Así que intenté que mi madre, no cambiase de parecer, ni de idea, y rezaba todas las noches para que ese viaje se hiciese realidad, lo antes posible, todo con la única ilusión de volver a ver a mis seres queridos, y salir de aquella constante pesadilla.

Esta vez en autobús, desde Zaragoza, hasta Madrid, y desde Madrid, a mi siempre querido Bujalance.

Unas doce horas de largo viaje, cansino, y agotador, pero lleno de ilusión y esperanza por  ver a mi yaya, familiares, y jóvenes amigos.

Al llegar a Bujalance, esta vez estaba mas ilusionado que la vez anterior, ya que los olivos carecían de flor, y no corría el peligro de que el cuerpo se me cubriera nuevamente de granos por la alergia primaveral

Unos días , que debería de aprovechar al máximo, ya que en breve y tras esas fiestas, debería de volver a la cruel realidad de mi vida, y sobre todo a aquella ciudad de Zaragoza, en la cuál empezaría en breve mi escolarización y miles de desgraciadas aventuras por descubrir.

 

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