Lagrimas de un Menor – Capitulo 8º Parte 2º

 (Continuacion del Capitulo 8º Parte 1º)
 

-“Tranquilo Royo, tranquilo…”

Yo, en un principio llegué a pensar, que el motivo de desabrocharse el pantalón, y bajarse la cremallera, era que tenía la intención de orinar  en el interior del tranvía, algo que por lo visto era habitual, debido al fuerte olor a pis, que allí había.

Pero no fue así desgraciadamente.

Cuando logró desabrocharse el viejo pantalón de tergal, y  bajarse la cremallera, aquel hombre se quedó delante de mí , con el pantalón por las rodillas, y enseñando un calzoncillo, blanco, en el qué se reflejaba claramente el bulto de su miembro sexual, hinchado por la excitación del momento, y por sus sucias intenciones.

Yo quedé mudo, sin habla, y sin capacidad de reacción alguna.

 No sabía que hacer en ese momento, aunque algo estaba claro, el escaparme, no era ninguna opción, ya que el cuerpo de aquél hombre interfería en la única salida del tranvía, y además su mano derecha, me tenía sujeto del hombro.

Él, mientras tanto, no paraba de repetir  con una voz baja, y babeante:

-“Tranquilo Royo no te pongas nervioso, que te vas a ganar las cien pesetas.”

 Comencé a llorar, con la única esperanza de que aquel hombre,  me dejara ir a mí casa, sin causarme daño alguno, y sin salirse con sus intenciones que yo ya sabía cuales eran, pues años atrás en el internado de Alicante pude observar la misma mirada en aquellos chicos que disfrutaban tocándome mis genitales.

¿Me haría daño si me negase?

O tal vez, acabaría con mi vida, cómo cientos de menores pierden la vida, a manos de monstruosos pederastas, en todo el mundo.

 

De repente, y ante los lloros, y sollozos, que no paraba de emitir, ante el temor de sus intenciones.

 Recibí un violento empujón, por parte de aquel hombre.

Un empujón, que me hizo caer en el sucio suelo, de aquel viejo, y casi destrozado tranvía.

Una vez en el suelo, me sujetó de los pelos de la cabeza, y me dijo, con voz amenazante:

-“Mira Royo, yo no quiero hacerte daño, tan solo quiero ayudarte, y enseñarte que podemos ser muy buenos amigos si tu quieres, así que tranquilízate, y anda bájate el pantalón. Que no te pasará nada, tan solo quiero verte tu pollita. Mira, yo te enseño la mía.”

Introduciéndose la mano en el calzón blanco, se sustrajo sus genitales, mientras que con la otra mano me seguía cogiendo de la cabeza, para que no escapara.

Unos genitales cubiertos de pelo, y con un fuerte olor entre sudor, y  orín, un olor que se mezclaba con los perfumes de su cuerpo, a colonia de la peluquería de su sobrino, y un olor intenso a la suciedad de aquel tranvía.

Yo, arrodillado a sus pies, y sin posibilidad alguna de poder escapar, temblaba, por el temor de si me haría algún daño, aunque el temblor también era causado por el frío intenso, y por el temor constante de que mi madre llegara a casa, y no me viese ni a mí, ni las vueltas de las compras que me habían llevado a aquella situación.

Yo deseaba, que esa pesadilla acabase cuanto antes, así que accedí a lo que me pidió, y  me fui bajando el pantalón, quedando mi cuerpo desnudo, de cintura para abajo.

Él, al verme desnudo, empezó a menear su erecto miembro, mientras que con la otra mano, comenzó a  toquetear mis partes, mientras que decía en voz baja:

-“lo ves cómo no pasa nada, si al final te gustará. Anda tócame tú, un poco, así, así, así. .”

No paraba de repetir mientras que él, se la iba meneando, cada vez con más fuerza, e intensidad.

Yo, accediendo a sus peticiones, y deseando que se acabara esa pesadilla cuanto antes ,comencé a menear sus partes, siguiendo agachado en el suelo, sentía repugnancia, asco, y sobre todo miedo, a que cuando acabase de aprovecharse de mí, me hiciera daño, o incluso me matase.

Él, jadeaba, y jadeaba, mientras su mano me frotaba, y se iba   agachando hacia el suelo donde yo estaba tumbado.

 Una vez allí, se introdujo mis partes en su boca, y empezó a menearla con la lengua.

 Mí pequeño miembro, debido al miedo, no consiguió ponerse erecto, debido al movimiento constante de la lengua, y los labios de aquel hombre que me rozaba, y pinchaba con los pelos de su barbilla.

 Durante unos momentos, olvide de repente aquella sensación de pánico que minutos antes me embargaba, e incluso llegué a disfrutar con las caricias de aquel hombre sobre mis partes.

 Algo nuevo para un niño de tan solo nueve años de edad, que a partir de aquel día cambiaría su vida bruscamente.

De   pronto un escalofrío, estremeció a aquél hombre que de repente exhaló un quejido.

Su ya arrugado miembro, comenzó a escupir un líquido pringoso, de color lechoso, que se escurría entre mis dedos.

 Algo asqueroso, que incluso al principio me saltó a la cara, debido a la potencia con la que salió de su pene, mientras él repetía una y otra vez:

-“Sigue, sigue, no pares, así…

¡Ah, aah, aaaah¡

Muy bien Royo, has visto cómo no te lo has pasado tan mal.

¿Te ha gustado?

Yo por temor a lo que me pudiera hacer, una vez conseguido su asqueroso orgasmo, afirmé con la cabeza, deseando irme pitando de allí, no fuera qué quisiera hacerme algo peor, para no correr el peligro de que yo le contase a alguien lo sucedido.

Él, comenzó a vestirse,  mientras que yo permanecía tumbado en el suelo, ahora aterrorizado por lo que me podría suceder.

Una vez colocado su pantalón, se introdujo la mano en el bolsillo, y por un instante yo pensé que se sacaría algún cuchillo, o navaja, y que me mataría.

Pero no fue así…

Sacó su cartera, y del interior sacó un viejo billete de cien pesetas, que dejó en el suelo junto a mí, al tiempo que me decía:

-“Toma las cien pesetas que te prometí, y ya sabes este es un secreto entre tú, y yo, que no se tiene que enterar nadie, o si no tú madre se enterará de que has perdido el dinero.

 Anda vístete, y vete para casa, sal tu primero, y luego saldré yo.”

Cómo un rayo, y poniéndome el pantalón a toda prisa, cogí el arrugado billete, y salí disparado para mí casa, feliz por haber terminado con aquella pesadilla, pero sobre todo por haber conseguido las cien pesetas, que me evitaría la paliza de mí terrorífica, y alcoholizada madre.

Por el camino, me sentía sucio por lo que había hecho, pero tenía que ser valiente, aunque yo me sintiese un desgraciado, y un niño carente de afecto y amor con una persona a la que contarle lo sucedido.

 Sin quererlo me había prostituído, por primera vez en mí vida, por unas miserables cien pesetas, unos sesenta céntimos de euro, años más tarde.

Por fin logré llegar a casa, y por suerte mi madre no había venido, pero aún tenía que lavarme los pies, comerme el bocadillo, y hacer los ejercicios que me habían mandado en el colegio.

 Así que sin pausa alguna, me fui corriendo al cuarto de baño, me quité la ropa, me lavé los pies (cómo cada día, por mandato de mí madre), me puse el pijama, y me fui a la cocina (único sitio además de la habitación, y del cuarto de baño, que tenía permiso para estar, ya que si entraba en el comedor, o en la salita, era castigado, y apalizado por mí madre).

Sentado, en la fría, y solitaria cocina, empecé a comerme el bocadillo, mientras que abría los cuadernos de los deberes.

De lo sucedido con aquel hombre, intentaba no pensar en ello en ese momento, ya que lo que más me preocupaba ahora, era el terminar los deberes, el bocadillo, y acostarme lo antes posible, antes de que apareciera mi madre, por sorpresa, cómo muchas noches hacía, y esa noche también hizo.

Casi a punto de terminar el bocadillo, y los deberes, oí cómo el ascensor llegaba a nuestra planta, y por desgracia al oír el fuerte taconeo en el rellano de la escalera, descarté por completo que fueran los vecinos, o el portero de la comunidad recogiendo las basuras de las escaleras.

 No cabía duda, era mí madre, que un día más, se había presentado por sorpresa, y salió antes del trabajo.

 Abrió el portal de casa, y comencé a temblar al igual que hiciese una hora antes con aquel hombre.

Al colgar las llaves en la entrada, y al verme sentado en la cocina todavía con el bocadillo, casi por acabar, se me quedó con los ojos fuera de las orbitas (tal vez por el alcohol ingerido en el trabajo), y en vez de saludar sé me acercó y me dijo:

-“¿Qué haces todavía ahí?, lo ves cómo no se te puede dejar solo. Seguro que has estado viendo la televisión, y no has hecho los deberes.

¿Has ido al mercado por lo menos?,¿ te has lavado los pies?, ¿has sacado la basura?.

Me tienes harta, y ahora cuando me cambie te vas a enterar, por no estar en la cama hace rato…

Los gritos fuera de control, y su tono amenazador, hicieron que el estomago se me cerrase, pensando en la paliza que recibiría, cuando ella saliese del cuarto de baño.

Y más, cuando ella vio que cuando me lavé los pies en la bañera, no recogí el agua del suelo, ni había enjuagado la bañera, cómo ella me había enseñado.

El final del bocadillo se me hacía interminable, y las piernas me flojeaban de pánico, por lo que me aguardaba.

Nada, se podía comparar con ése momento previo a recibir una paliza de mi madre.

 Una madre, a la que no podía comentar nada de lo que me había sucedido, pues seguro que la paliza que yo recibiría sería superior, a la esperada.

Cuándo ella, se introdujo en el cuarto de baño, miles de cosas pasaron por mi joven mente. Desde tirarme por el balcón, a coger un cuchillo, y cortarme las venas, o incluso clavármelo para poder acabar con esa pesadilla continua de vida.

 Por lo menos, así acabarían las interminables palizas, y esa vida de pesadilla que día tras día iba viviendo, sin ningún tipo de alegría ni afecto.

Mientras, yo seguía buscando una solución para poder evitar la paliza que me aguardaba, ella seguía una y otra vez hablando, y amenazándome, con lo que me aguardaba cuando ella saliese del cuarto de baño.

De pronto, cómo una revelación vi la solución delante mía…

Tenía que aprovechar, que ella estaba en el cuarto de baño, y huir fuera de casa, para que así, no pudiera nunca más golpearme. Pero…

 ¿A dónde, que rumbo puede tomar un niño de tan solo nueve años?

Cualquier rumbo, sería mejor que seguir viviendo en aquella pesadilla, y tan solo un par de metros me separaban de la puerta de la calle.

 Así que, con el pijama puesto, con zapatillas de ir por casa, y con el cuerpo aterrorizado más por lo que me aguardaba con mí madre, que con lo que me encontraría en la oscura, fría, y dura noche invernal.

Decidí huir, sin rumbo fijo, sin destino, tan solo evitar la paliza que me aguardaba, en ese día tan horrible de mí vida.

Sigilosamente, abrí la puerta del piso, y bajé las escaleras antes de que mí madre, saliese del cuarto de baño.

Ésta,  sería la primera, de las veintitrés veces que huiría de mí casa entre los nueve, y los once años.

 Veintitrés veces, en las que mí único sueño, era el poder llegar junto a mis seres queridos en Córdoba, y huir de mi madre, y de sus terribles palizas.

 Cientos de aventuras me aguardaban, al igual que infinidad de peligros, días sin comer, frío, y mil  vicisitudes, ninguna sin duda tan dura, cómo la convivencia junto a mí despiadada madre.

Anuncios
Categorías: Libros | Deja un comentario

Navegador de artículos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Blog de WordPress.com.

A %d blogueros les gusta esto: