Lagrimas de un Menor – Capitulo 9º Parte 3º

 
( Continuación Capitulo 9º Partes 1º, y 2º )
 

Estaba muerto de miedo, y no paraba de llorar desconsoladamente, cuando el policía me cogió las manos, y por primera vez en mi vida, veía cómo me apretaban las esposas en unas delgadas, y famélicas muñecas. (Unas esposas, que tuvieron que quitarme, ya que una vez cerradas, mis diminutas, y delgadas manos, seguían pasando por el interior de las mismas.)

 Aquél agente, me decía en voz alta, al mismo tiempo que me introducía en la parte trasera del coche patrulla:

-“Que te creías, que te íbamos a dejar dar el palo en la  joyería, te vas a enterar ahora enano, ahora no te vas a mear, si no a cagar.”

Tras cinco minutos de trayecto, el coche patrulla se introdujo en  el interior de un garaje subterráneo, de una comisaría diferente a las que me habían llevado en otras ocasiones.

 Era la jefatura Superior de Policía, situada frente a la estación de ferrocarriles  de “El Portillo”.

Yo iba completamente mojado, debido al haberme orinado encima, al ver cómo momentos antes me habían apuntado los agentes con las armas, y sobre todo por el miedo que me embargaba, ya que nunca había estado en esa comisaría tan grande.

Me introdujeron en un ascensor, y bajamos hasta los sótanos de aquel gigantesco edificio, tan diferente a las comisarías de la calle Bilbao, y Delicias.

Los dos agentes, no me soltaron del brazo en ni un solo momento, y llamando al timbre de una gruesa puerta de metal, con una pequeña ventanilla acristalada, me introdujeron en aquél recinto realmente terrorífico para un niño de tan solo nueve años, cuyo único delito era el de haberse escapado de su casa,  por los maltratos recibidos, y por caminar por el lugar equivocado, en el momento equivocado.

Al poder observar aquél tenebroso lugar en forma de “L”, rodeado de aquellos habitáculos enrejados, que llegaban desde el techo, al suelo, y en la que en los interiores se podían ver hombres, cómo los que nunca antes había visto, tan solo en películas.

 Mis frágiles piernas, se doblaron ante el pánico del lugar, y de aquellos delincuentes que estaban en el interior de las celdas.

Arrastrándome, y pataleando, cómo lo que era, un simple niño, lloraba desconsoladamente para que no me metieran en aquel lugar, ni en aquellas jaulas de frío metal.

Los agentes arrastrándome, y frenando mí constante impulso hacia atrás, me acercaron a una mesa, en donde había un tercer agente, que fue el que nos abrió la puerta de aquellos tétricos calabozos.

De repente, y ante mi pataleo desenfrenado, uno de los agentes sacándose la porra de su cinturón, me dijo:

-“Mira enano de mierda, o te estás quieto, o sabrás lo que es bueno.

 Ya me tienes hasta los cojones, así que si eres tan hombre, cómo para robar joyerías, más te vale que no me toques más los huevos, y te estés quieto, y mas te vale, que  hagas caso.”

 

Sollozando, frené, y accedí a acercarme, a aquélla mesa en donde me quitaron los cordones de los zapatos, y todo lo que llevaba en los pantalones, incluido el cinturón.

Yo, no paraba de decir una y otra vez, que yo no había robado nada, y que lo único que yo había hecho, era el haberme escapado de mí casa, que por favor llamaran a la comisaría de mí barrio.

 Pero aquél agente que minutos antes había sacado la porra, me dijo que todo eso ya se lo contaría por la mañana al juez de guardia.

Introduciéndome en la celda más próxima, a la mesa de aquél guardián del calabozo, salieron de aquel recinto, y tan solo quedé con el guardia, y los delincuentes adultos que estaban en las demás celdas.

Mientras unos hablaban, otros roncaban,  otros protestaban, tosían, o incluso vomitaban sus borracheras, yo no paré de llorar ni un solo instante, una sensación que superaba el pánico de las palizas que recibía de mí madre, y el terror que tenía de volver junto a ella.

Debido a la proximidad con la mesa del agente de guardia, y debido también a la desesperación que yo tenía, el agente comenzó a entablar conversación conmigo, e incluso al ver que tan solo era un niño indefenso, que no tenía ninguna malicia.

Dicho agente, intentó calmarme, diciéndome que el juez lo aclararía todo, que no me preocupase, que todo saldría bien.

Y que si sobre todo, si  tenía miedo de aquella gente que estaba en las demás celdas, que no los mirase, y actuase cómo si ellos, no estuvieran allí.

Más calmado, ante las palabras de aliento de aquél hombre, acepté unas galletas que me ofreció, y una manta, que me colocó sobre los hombros, ya que el sudor del berrinche, y la humedad del orín, me tenían con un temblor constante.

Cuando ya estaba mentalizado, para lo que me aguardaría al día siguiente, de repente volvió a sonar el timbre de aquella puerta, que separaba el mundo más horrible que antes había visto, de la libertad, y sus peligros.

De nuevo, los dos agentes que me introdujeron en ese lugar, se presentaron en aquel sótano, esta vez menos amenazantes, y con unos modales más moderados, hacia un delgaducho, e inocente crío.

Tras hablar con el agente de guardia, y explicarles que lo qué yo les había contado era verdad, y que estaba desaparecido, y denunciado en la comisaría de Delicias, y sobre todo que yo no tenía nada que ver con los robos en el barrio de “El Gancho”.

Me sacaron de aquél lugar, donde lo único favorable fueron las palabras de aliento, de aquél guardia.

Una vez subidos al ascensor, llegamos a la tercera planta, un lugar lleno de mesas, y policías moviéndose de un lugar a otro, un lugar menos horrible que el anterior, y al qué estaba un poco más acostumbrado de otras fugas anteriores.

Todos los agentes que allí se encontraban me miraban con asombro, ya qué no era muy normal que un niño de tan sólo nueve años, estuviera en aquellas dependencias a las tres de la madrugada, y sobre todo tan sucio, tan asustado, y tan orinado cómo yo me encontraba.

De repente, abriéndose una de las puertas de aquella enorme sala, apareció un hombre de aspecto serio, y sin uniforme.

Un hombre, al qué al mirarle, tan solo el bigote, ya acobardaba a todo el mundo, sobre todo a los agentes que me habían detenido. (Y a los qué minutos antes, les habían llamado la atención, por no haberme subido a declarar, antes de haberme encerrado en los calabozos).

 Una bronca, que se repitió en mi presencia, cuando aquél hombre se presentó delante de nosotros y me pudo ver, en las condiciones en las que yo,  me encontraba.

-“Ustedes parecen idiotas.

¿No han visto que éste niño no es de etnia gitana cómo el que buscamos por lo de la joyería?

Ya hablaremos más tarde.

 Ahora hagan el favor de traer un vaso de leche de la máquina, y llévenlo a mí despacho, y sobre todo no hagan parte de la entrada en calabozos, o se buscaran la ruina.”

Aquellas palabras amenazantes de aquél hombre, acobardó a los agentes que lo único que hacían era disculparse hacía aquel hombre, cómo si les hubiese hecho algún mal, a lo que aquél hombre al que llamaban comisario exclamó:

-“No es conmigo con quien tienen que disculparme, si no con éste chaval, y recen para que no le quede un trauma, por su completa incompetencia.

Anda pequeño, tómate la leche caliente, y cuéntame quien eres, y que hacías a esas horas por esas calles.

Yo me llamo José Ramón Pallarés, y soy el comisario de ésta comisaría.”

Yo, ya un poco más tranquilo, por el trato recibido por aquél hombre, le conté todas mis andanzas, y sobre todo, los motivos por los cuales me veía en la obligación de escaparme de casa.

 Él prestaba una atención diferente a la que en otras ocasiones, me habían prestado en otras comisarías, y sobre todo observó el pavor, que yo tenía de volver junto a mí madre, ya que una y otra vez suplicaba, que me llevasen a Córdoba, o Alicante, donde la gente me quería, y no me golpeaban constantemente.

 Pero sin duda, el sabía que yo no estaba mintiendo, ya qué anteriormente, se le notificó  desde la comisaría de Delicias, que llevaba varios días desaparecido, por lo que él, solicitó antecedentes de fugas anteriores.

Una vez terminé de contarle, la de kilómetros qué había andado esos días, mi largo peregrinaje, y el qué estaba sin comer,  sin echarme nada al estomago en todo ése tiempo, y en los sitios donde dormía buscando el calor de los garajes.

 Él,  acercándose a mí, apoyó su mano sobre mí hombro, y me dijo:

 

-“No te preocupes, ni llores más que ya ha terminado todo, y verás cómo tú madre, no volverá nunca más a golpearte.

 No te puedo llevar ni a Alicante, ni a Córdoba, y tengo la obligación de llevarte a tú casa, pero una vez allí, hablaremos los dos, y luego hablaré con tú madre, para qué no vuelva a agredirte nunca jamás.”

Yo le supliqué insistentemente,  que por favor, no me llevase de vuelta a mí hogar, ya qué cuando los agentes se fueran, ella me golpearía, cómo en veces anteriores.

 Pero mis lastimeras súplicas, no servían de nada, ya que él me explicaba que tenía que llevarme por que su trabajo, así le obligaba.

Volviendo a llamar a los dos agentes qué me detuvieron, salimos los cuatro, de aquél despacho, todos en dirección de mí casa, en donde me aguardaba mí madre, a la que ya habían avisado de mí aparición.

Al llegar esta vez, a mí casa, no nos esperaban vecinos en la puerta cómo en veces anteriores, pero lo que si qué era igual, era el teatro que mí madre realizaba delante de los agentes, intentando ser la madre mártir, que siempre está preocupada por la seguridad, y bienestar de su hijo.

 Pero ésta vez, el comisario ya estaba completamente informado de cómo era en realidad mí madre, algo que él no tardaría en darse cuenta, y comprobar que no le mentí.

  Al llegar al rellano, y ver a mí madre, cómo realizaba su acostumbrado teatro, le exclamó:

-“Señora menos lloros, y vaya preparando ropa para qué el niño se pueda acostar, y ahora hablaremos.

Haga el favor de sacar la ropa, y espere con los agentes en el comedor.”

 

Él llanto teatral de mí madre, se cortó rápidamente, y fue corriendo a mí habitación de donde sacó de los cajones de mí mesita de noche,  un pijama limpio, y una muda de ropa interior, las cuales llevaba colgadas del brazo.

-“Señora, haga el favor de darme esa ropa, y váyase al comedor, que según creo su hijo bien sabe ya, lavarse solo”.

Mí madre, quedó callada ante la actitud desafiante de aquél hombre, y llorando de nuevo de forma teatral,  marchó al comedor,  en donde estuvo acompañada por los dos agentes.

Yo mientras tanto me introduje en la bañera, en donde acompañado por el comisario, me quité la mugre de tantos días de fuga.

Una vez completamente duchado, y cambiado de ropa, me dirigí a mí habitación en donde mantuve una conversación nuevamente con el comisario.

En ella le explicaba mis maltratos, y cómo vivía constantemente, e incluso le enseñaba el papel de las paredes de la habitación,  rasgados por un trapo, al quitar mí madre la sangre sobre él. También le comenté, las baldosas quebradas de la pared de la cocina, unas baldosas cascadas por los golpes que mi madre me daba contra ellas.

También le conté las mentiras que mi madre, decía sobre que me secuestraban unos drogadictos, y qué por eso desaparecía de casa.

El comisario , escuchándome en todo momento, y sin perder detalle de lo que yo le iba contando, me calmaba cómo si de un padre se tratase, al tiempo que me repetía una y otra vez, que eso se iba a terminar para siempre.

 Me contó que vendría bastante a menudo, para verme, y que si me volvía a golpear, le llamase a su casa, que él vendría.

 Me entregó el  número de su teléfono en una pequeña hoja de libreta, y lo escondió delante mía entre unos libros de la estantería de mí habitación, al tiempo que me decía que tuviera cuidado de qué no lo encontrase mí madre.

También me dijo, que por la mañana iríamos a un colegio, cercano a mí casa, para matricularme, y así dejar el colegio Antonio Machado, en dónde era constantemente apalizado, por los niños más mayores que yo, y por los más pequeños, incluso por las niñas, ya que yo era un niño acobardado por la situación en mi hogar, y vivía temiendo a todo el mundo, lo que era aprovechado por muchos para meterse conmigo.

Arropándome, me deseó buenas noches, y salió de mi habitación, en dirección al comedor en donde aguardaba mí madre, la cual estaba acompañada por dos agentes, a los que intentaba convencer lo mal hijo que yo era, e inventándose más historias sobre delincuentes imaginarios que me secuestraban, y drogaban.

Yo a pesar del cansancio, y de la ducha, no podía dormir, ya que me tenía aterrorizado el momento en que el comisario desapareciera, y me quedara nuevamente a solas con mí madre.

 Así que prestaba atención, e intentaba oír lo que el comisario hablaba con mí madre, una conversación en la que las fantasías de mi madre, y sus mentiras, respondían a las preguntas del comisario.

 En aquella conversación salieron cosas, cómo el trabajo de mí madre, el qué ella había perdido el piso de Mataró, (debido a mis fugas según ella), lo cual era una mentira más, ya que aquél piso lo perdió por no pagar las letras antes de llegar a Zaragoza.

 Pero sobre todo, lo que más me sobresaltó en aquella conversación,  fue cuando el comisario le preguntó…

 ¿Quién era mí padre?

 A lo que ella contestó, qué era un hombre de Alicante llamado Domingo, que nunca quiso saber nada de mí, porqué era un hombre casado, y con hijos.

No me lo podía creer, esa historia no era la primera vez que la oía de los labios de mí madre, y me ilusionó el saber que tenía un padre, y unos hermanos, en la localidad de Albatera, en Alicante. Por eso,  si alguna vez volviese a escaparme, mí objetivo sería el llegar a Alicante, y averiguar la verdad, sobre esa familia que yo por lo visto tenía en el anonimato.

El comisario, tras escuchar las constantes mentiras de mí madre, y su peculiar forma de dar lastima, le comunicó a mí madre, lo mismo que me había dicho a mí, lo del colegio, y qué pasaría constantemente a verme, y para ver en que estado me encontraba, y que si volvía a observar que yo había sido golpeado, tomaría las medidas oportunas contra mí madre.

 También le contó que el era padre de dos niños, y que lo último que él quisiera,  es verlos tan desgraciados cómo yo me encontraba en aquellos momentos.

Advirtiéndola claramente, de que volvería sobre el mediodía, cuando recogiese a sus hijos del colegio para ir a hablar al colegio próximo a mí casa, se despidió, y salió de la casa, lo cual hizo que yo me tapase todo el cuerpo, y la cabeza ante el temor de la entrada de mí madre en la habitación.

Algo que no tardaría en suceder…

Al irse el comisario, mi madre permaneció durante unos minutos en la cocina.

Yo desde mí habitación,  pude escuchar sus lamentos, y lloros, esta vez no fingidos, y causados por la presión qué el comisario, y su conversación le supuso.

Yo rezaba constantemente, para que no entrase en la habitación, y cómo en veces anteriores se desfogara conmigo, cosa qué rápidamente hizo.

 Abriendo la puerta de la habitación, y gracias al cielo sin moverse del umbral, comenzó a decir con lágrimas en los ojos:

-“Yo no sé qué le has contado, pero te aseguro qué ya nunca te volveré a golpear, porqué te estás haciendo mayor, pero quiero que sepas, que para mí estás muerto, y si quieres volverte a escapar, nunca jamás volveré a buscarte, y dejaré que te mueras de hambre, te droguen, y te follen, cómo hacen conmigo para darte de comer, y que  no te falte de nada.

 Que ganas tengo de que cumplas los dieciocho años, y desaparezcas de mí vida para siempre”.

 

Aquellas palabras, fueron tan duras cómo una de aquellas palizas que me solía dar, ya qué el saber que estaba sólo en ése hogar, sin amor, cariño, ni comprensión, hacía que sicológicamente, sufriera ante esas palabras.

Cerrando de nuevo la puerta de la habitación, se fue al comedor, en donde tras oír la música de la puerta del mueble de bar, supuse que comenzó nuevamente a beber, para olvidar los momentos de tensión, y qué por primera vez, la habían puesto en su sitio, metafóricamente hablando.

Aquella noche, a pesar del sueño acumulado durante días, fue imposible conciliar el sueño, debido a los paseos constantes de mi madre por la casa, y por mí gran  temor a ser golpeado, cosa que no sucedió.

 Incluso, llegué a escuchar cuando mi madre recibió a Julio, sobre las siete de la mañana, y le contó, que nuevamente me había traído la policía, sin decirle nada de la conversación mantenida con el comisario Pallarés.

 

A la mañana siguiente, de mí llegada a casa, mí madre me despertó sobre las once de la mañana, y tras vestirme, me tomé un vaso de leche a solas en la cocina.

 Nada había cambiado, y el desprecio por parte de mí madre, todavía era constante, ya qué no dignaba ni siquiera a mirarme.

Sobre el mediodía, y cómo anticipó la noche anterior el comisario, llamó al timbre de abajo, y mí madre, y yo bajamos a su encuentro.

Al bajar junto a mí madre, nos subimos en su coche, en el que estaban sus dos hijos, y su mujer, los cuales acababan de salir del colegio, y nos dirigimos a una calle situada, a tres calles de la nuestra.

Llegamos frente a un colegio, en el que en la puerta se podía leer en grande, “Rosa Arjó”, un lugar próximo a mí casa, en el qué nuevamente con el tiempo volvería a ser famoso, por mis constantes fugas, algo qué en ningún momento yo deseaba, pero a las que yo, no tenía más remedio por el trato recibido en mi hogar. (Ya que las palizas, y vejaciones por parte de mi madre, aún no habían terminado, a pesar de que la noche anterior me dijera que sí.)

Aunque esta vez, ya recorría mí joven mente, la idea de llegar a Alicante, no para volver junto a los de la torre  San Fernando, o a Nazaret, si no para descubrir el paradero de mí padre, aquél hombre de Albatera llamado Dominguín.

Unas fugas, en las que nuevamente me vería  obligado a realizar, ya qué aquél comisario guardián, nunca volvió a aparecer por mí hogar, y su teléfono desapareció de las estanterías de mí habitación.

 Lo qué fue aprovechado por mí madre, para volver a utilizarme cómo su juguete favorito, cómo su esclavo personal, y cómo su recadero, sin preocuparse en ni un solo instante, de cómo me encontraba.

Su principal preocupación esta vez, era el no marcarme, ni dejarme señal, cuando me golpease.

 

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