Lagrimas de un Menor- Capitulo 12º Parte 1º

     Capitulo 12º

                                            “1981. Sección Quinta”

 

Mi nueva llegada a San Viator, en aquellas navidades de 1980, vendría cargadas de nuevas experiencias en mi vida.

Unas navidades que cómo en los dos años anteriores no pasaría en compañía de Julio, mi madre, ni el hermano de Julio, Antonio.

 

Al llegar al Centro, en época navideña, no dormí en mi sección, ya que durante las vacaciones, y al quedarnos pocos, nos repartían en una sola sección, a los grandes y pequeños.

 

Cómo recuerdo de aquellas navidades, tengo el grato recuerdo, de haber podido ir a uno de los lugares más hermosos de la geografía española, por primera vez. El pirineo aragonés.

Durante una semana, nos llevaron ala localidad oscense de Riglos, un paraje precioso a la vera del río gallego, en pleno prepirineo.

  Un lugar, muy diferente a todo lo que antes había conocido, con unas majestuosas montañas rojizas, que hacían recordar las preciosas montañas del Oeste.

Los Mallos de Riglos, un lugar paradisiaco, desde donde hicimos infinidad de excursiones, cómo al Castillo de Loarre, Candanchú, (en donde vi nieve por primera vez en mi vida), o al precioso y mágico lugar del Monasterio de San Juan de la peña. (Lugar que te hace viajar a la época medieval, y en donde según la leyenda estuvo guardado el Santo Grial).

 

En aquellos días, aprendimos, escalada, rappel, senderismo, convivencia, y sobre todo el “rollito”, que mantenían algunos de nuestros tutores, y tutoras, de los cuales tan solo el director, don  Ignacio, (Iñaki), era hermano, u religioso  de San Viator.

 

Clara, (una ayudante de tutor de la sección cuarta), liada con el director, y Julio (ayudante de la sección segunda), liado con María Antonia, (ayudante de la sección de pequeños, la siete).

Al cabo de pocos meses, Clara se casaría en estado, con un chico de Zaragoza, dueño de unos invernaderos, y Julio, con su novia Edurne, que fielmente le esperaba en Zaragoza.

 

Unos triángulos amorosos, de los que veríamos varios a lo largo de los años, en los que hubo mas de un matrimonio, y algo mas, entre tutor, y ayudante.

 

Pero bueno, volvamos a aquellas navidades de 1980, en las que en el día de Reyes, nos llevaron a visitar la base americana, de Zaragoza.

Alucinante, espectacular, y sin palabras, al observar cómo era aquella ciudad militar por dentro.

Aviones, tiendas, colegios, (los niños estaban estudiando, pues ellos no celebraban el día de Reyes), luego un Santa Claus, repartió regalos a los niños, (menos a mi, que fui una vez entregada la lista, en el tiempo que estuve con mi madre).

Total un día, que pude descubrir cómo vivían los americanos, y un día en el que sobre todo, pude descubrir…

Que yo había cogido piojos.

 

Me picaba toda la cabeza, y era algo insoportable, (pero era algo que tenía que disimular, pues no me podía ni imaginar lo que se meterían los demás niños conmigo, si lo supiesen).

 

Ya por aquel, entonces ya cobraba por parte de los mayores, y solo me faltaba aquello.

 

Una vez, terminadas las fiestas navideñas, volvieron la totalidad de los niños al colegio, y cada uno tuvo que volver a su sección.

 

Sería en el primer fin de semana, cuando Alfredo, mi tutor me diría que el próximo fin de semana, tendría que pasarlo junto a mi madre, (los tutores, siempre intentaban que pasásemos algún fin de semana al mes, junto con la raíz del problema. En este caso mi madre, para ver mi progreso).

 

Aquel viernes, cuando llegué a mi casa, mi madre no tardó en descubrir mis piojos, y sobre todo la cantidad de liendres, que tras mis orejas se escondían.

Cómo siempre, grito, tras grito, y bofetón tras bofetón, me demostraba una vez mas, que mi madre seguía siendo la misma.

Eso si, ahora intentando, no dejarme señal,  ya que dos días después tendría que volver al colegio, y mi tutor se daría cuenta.

 Tras estar, todo el fin de semana, encerrado en mi habitación, con la cabeza impregnada en vinagre, y envuelta en una toalla, y tras haberme pasado mi madre, unas cien veces, aquella afilada peineta, o lendrera.

Al llegar, el domingo volví a San Viator, completamente limpio de piojos, y completamente dolorido por los golpes de mi amantísima, y alcohólica madre.

 

Una llegada a San Viator, que me iba a aguardar una gran sorpresa.

 Una sorpresa desagradable, que me traería de nuevo a la mente, fantasmas del pasado.

 

No era bastante pegado, por los mayores de aquel colegio, que aprovechándose de mi delgadez, y poca fuerza, me daban palizas cada dos por tres, que ahora tendría que reencontrarme, con uno de mis peores enemigos.

 

Uno de aquellos, hermanos chulescos, y abusones que tiempo atrás, me explotaron un petardo en las manos, me robaban el dinero de la compra, y me tiraron las llaves de mi casa, ganándome aquella gran paliza, por parte de mi madre.

 

Ezequiel, uno de los hermanos de la pandilla de” los bizcos”, los chuletas del Castillo Palomar.

 Un niño de 12 años, que tenía junto con sus hermanos atemorizados, a todos los niños del barrio Delicias, y en especial a mí.

Había sido llevado a San Viator, a la espera de su ingreso en el reformatorio “El Buen Pastor”, lugar al que se le enviaría un mes mas tarde.

 

En un principio, no se fijó mucho en mi, pero con el trascurso de los días y viendo que yo era del grupo de los “débiles”, y que era castigado, y pegado por los mayores, el se sumó a la fiesta, ya que en aquella jungla de niños conflictivos, solo los que pegaban, fumaban, o venían del reformatorio se ganaban el respeto de los demás.

Aunque también, si se provenía de algún barrio conflictivo de aquella Zaragoza de principios de los 80, solo por ser de ese barrio, se era respetado, cosa que sucedía con los que venían de barrios cómo “el gancho”, el barrio Oliver, o el barrio de Valdefierro, barrios de gran delincuencia por aquellos tiempos.

 

Ya fuera en el patio, o en la sección, buscaba el cruel Ezequiel, el poder golpearme, y acobardarme aun mas, ante su chulería, y prepotencia.

 Hasta que una noche, de aquel crudo mes de Enero…

 

Una de esas tardes antes de la cena, yo caminaba por el pasillo de las clases, cuando de pronto apareció mi gran, y despiadado enemigo.

 Cómo siempre, pegándome un fuerte empujón, en plan chulesco, exclamó:

-¿Dónde vas Hijo Puta?

A lo que yo reaccioné ante el insulto (ya que para mi en aquella época, y supongo que para cualquier niño en mi edad, aquel insulto era lo peor del mundo), pues a pesar de todo, mi madre, era mi madre, y nadie tenía que insultarle.

Yo tan solo pude decir:

-“Mi madre, no es puta, y no la insultes gilipollas”

¡Plas¡

 

El puñetazo que me dio, me hizo caer sobre el frío suelo del pasillo, y en posición fetal en el suelo, me lleve más de una patada en el costado.

Mientras tanto, el cruel niño, repetía una, y otra vez, mientras me golpeaba:

         “que pasa hijo puta, ¿me vas a pegar o que?…

 

Yo, no se cómo lo hice, pero de lo que si que me acuerdo fue, que apoyándome contra la pared, conseguí levantarme, y evitar así los golpes con sus piernas.

Hasta que de pronto, y con una rabia de mucho tiempo acumulada…

 

-“Zas”, le solté un fuerte puñetazo, que me peló los nudillos al golpearse con sus dientes, haciendo recular al prepotente menor, contra la pared del pasillo.

 

Yo le daba una, y otra vez, mientras que no paraba de gritar:

 

-“con mi madre no te metas, cabrón, con  mi madre, no te metas, lo será la tuya…”

 

De repente, el pasillo se llenó de niños que bajaban de las secciones, e incluso salió una de las profesoras de los pequeños, que  gritaba:

 

-¿Qué pasa aquí?, Ruiz, quieto, vale ya, Ruiz, Ruiz…

 

Yo le golpeaba, con los puños, con los pies, y su sangre brotaba de las narices, cómo desde hacia rato me brotaba a mi.

 

De repente, el portero del colegio, un hombre llamado Jesús Alcazar (que en ese mismo año nos abandonaría trágicamente), me agarró de ambos brazos, para evitar que siguiera golpeando, al maltrecho, y prepotente Ezequiel. Mientras que me decía:

 

-“Quieto Bermúdez, quieto…” (Sin duda, para el pobre Alcazar, yo seguía teniendo aquel nombre ficticio, que meses atrás tuve cuando me escapé de casa).

 

Tras llevar la profesora de los pequeños, llamada Inmaculada, al lesionado Ezequiel, a una de las clases, con el único propósito de separarnos, mientras que aquel seguía insultándome, y amenazándome en voz alta.

El portero, Jesús Alcazar, me copio de los brazos, y me llevó al despacho del director. Don Ignacio, o cómo le llamaban todos, Iñaki.

 

Yo estaba, completamente fuera de mí, y un fuerte nerviosismo recorría todo mi cuerpo, sin hacer caso ni a los golpes recibidos, ni a la sangre que me brotaba de los nudillos.

 

El director de forma seria, y desafiante, me dijo:

-Haber Ruiz,¿ que ha sucedido?, te quieres calmar de una vez, y explicarme lo que ha pasado.

 

Yo acobardado, ante la cara de enfado del director, y su voz de autoridad, tan solo pude exclamar, llorando:

-“Me ha llamado Hijo puta, y yo, no le había hecho nada. Siempre me está pegando, robando, e insultando, y yo no puedo mas.”

 

El director, tras escucharme, y con todavía la voz enfadada, por lo sucedido, me comentó:

-“Haber Ruiz,  Ezequiel tan solo lleva unos días aquí, y es imposible, que te haya hecho todo eso, ¿me tomas por tonto o qué?, ¿Qué quieres que te enviemos mañana al Buen Pastor?

 

Yo, atemorizado por su tono de voz, y sobre todo por la amenaza de ser enviado al reformatorio, no paré de llorar cómo lo que era, un crío que era tan cobarde, que cualquier voz alta, me daba pavor, y terror.

Fue entonces, cuando sollozando, le conté al director todo lo vivido tiempo atrás, con aquel muchacho y sus hermanos, y sobre todo las penurias que me hicieron pasar.

 

El, mas calmado me prestó toda su atención, y tras darme una reprimenda,( una vez más) por la pelea, me dijo que fuera a la sección a lavarme , la sangre y cambiarme, y que fuera a cenar.

 

Una vez salí, de aquel despacho, yo no sabía si al día siguiente, iría para el reformatorio, o no, pero de lo único que si estaba seguro, era que la reprimenda, ahora le tocaba, a Ezequiel, ya que cuando salí del despacho, aguardaba frente a la puerta del director.

 

Entre nosotros, tan solo, hubo un cruce de miradas, unas miradas que reflejaban mi pánico, y su chulería y amenazas, pues yo temía que cuando saliese por el barrio, o me viese por la calle de mi madre, me matase, en compañía de sus hermanos.

Algo que nunca sucedió.

 

(Veinticinco años más tarde, estando viviendo en la localidad castellonense de Peñiscola, me encontraría con uno de sus temidos hermanos, ahora convertido en propietario de un Pub.

Y el mismo me comentaría que su hermano, aquel Ezequiel, al que planté cara en mi niñez, había muerto años atrás debido al consumo de drogas). Pero bueno, volvamos a aquel principio de 1981.

 

Yo no se que le diría Don Ignacio a Ezequiel, pero aquel chulesco joven, al salir del despacho se alejó de mi, y no me buscó para pegarme.

Pasados dos o tres semanas, Ezequiel, fue llevado al reformatorio, en donde le perdí la vista para siempre.

 

Pero con su marcha, no significaba que los golpes hacia mi, y hacia cualquiera de los chicos débiles del colegio se hubiesen acabado, ya que los conflictivos mayores, en su mayoría seguían demostrando su poder, fuerza, y dominio, sobre los pequeños.

 

En una de esas ocasiones, lo pasé bastante mal.

Sería sobre las dos y media de la tarde, cuando después de comer salí del colegio para poder ir a comprarme chucherías en la tienda que el portero del colegio, (Jesús Alcazar), tenía en el barrio.

 

Sentados en la valla del colegio, en el exterior, y frente a las innumerables chabolas que rodeaban el colegio, se encontraban un gran número de los mayores.

Los más conflictivos, los que venían de los barrios de mayor delincuencia, y los que no tardarían en ser, carne de reformatorio, y de cárcel años mas tarde.

Aquellos, mayores, pero en verdad jóvenes delincuentes, capitaneados por los temibles hermanos Vera, (Juan, y Santos), se encontraban en ese lugar, fumándose unos” porros” en compañía de los más chulescos del colegio.

 Al verme a mí, (que podía haber sido perfectamente cualquiera de los pequeños), me cogieron entre varios, y me obligaron a fumar, metiéndome el “porro”, en la boca, y cerrándome la boca con las manos, al mismo tiempo que unos se reían sin control, y otros aprovechaban para pegarme.

 Se me quemó la lengua, me sentí aturdido, vomité toda la comida, pero sobre todo y lo peor, y  lo mas doloroso,  fueron los golpes recibidos por aquellos jóvenes desalmados, los cuales tan solo pararon al oír un fuerte grito…

 

-“Vosotros cabrones, dejad al crío en paz, ahora hablaré con vuestros tutores, y os vais a enterar”

 

Esa voz, a la que aquellos desalmados hicieron caso, era la voz de una persona, que junto con su madre, de unos 80 años de edad vivían en aquella ciudad de chabolas, llamadas “las Graveras”.

 Un núcleo, de mayoría gitana, que rodeaba todo el colegio San Viator.

Aquel hombre, llamado Lázaro, vivía junto a su madre, en una cueva enfrente misma del colegio, un hombre que a pesar de ser “payo”, era respetado por todos los gitanos que allí vivían.

Pero sobre todo, un hombre, que al cabo de un par de años, varios desalmados, le pegarían una fuerte paliza, tanto a el cómo a su anciana madre, y tras matarle, todos sus animales, (unos perros acogidos por el, y un cerdo, que cuando mataba compartía con los gitanos  vecinos), le quemaron toda la cueva, y lo mataron en vida. Ya que no tardaría en morir.

Desde aquel día de la paliza, y del “porro”, ya mis salidas al exterior antes de las clases de por la tarde, empezaron a ser rodeando por otro camino, siempre vigilando, y evitando el no encontrarme con los mayores que fumaban en las puertas del colegio.

Algo que también sucediese, dentro del colegio, ya que tenía que evitar durante los recreos el subir al frontón que teníamos en el patio, ya que aquel era el punto de reunión de los fumadores, (desde aquel sitio en alto, vigilaban donde se encontraban los profesores).

 

Pero, no todo era desdichas en aquel primer año en San Viator.

Poco, a poco, iba haciendo grandes amigos, cómo nunca antes en mi vida había tenido.

 

Amigos, cuya amistad se acrecentaba, a lo largo del tiempo, y sobre todo se acrecentaba, debido a la convivencia.

 Esas principales amistades, empezaban con los de nuestra sección, con los cuales compartíamos, estudios, actividades, castigos, duchas, habitaciones, y mil cosas más que nos unían lentamente.

 

Amigos con los que compartiría un sin fin de aventuras a lo largo de los años, ya que los mayores, año tras año, irían lentamente desapareciendo, para convertirnos nosotros en mayores, menos abusones, y conflictivos que los de aquel 1981.

 

Mis primeros compañeros de habitación, Rafa, y Pipo.

Mis primeros amigos de sección, Rafa Martín, los hermanos Pereda, Josu Bajo, Luis Blasco, Carlos Bolopo, y sobre todo, mis dos grandes amigos en aquel primer año, Israel Usieto, y Carmelo Flores, (del que me haría inseparable).

 

De todos ellos podría relatar miles de cosas, y experiencias vividas junto a ellos. Con ellos año, tras año, subiría de sección, hasta que un lustro después, completamente formados cómo personas adolescentes, empezaríamos a dejar ese nuestro hogar.

 

Con ellos acudiría a campamentos, excursiones, aventuras por el barrio, disputas, reconciliaciones.

Compartiríamos, mesa, alimentos, nuestras primeras aventuras sentimentales con chicas de Zaragoza, nuestras primeras peleas…

 

Pero sobre todo, y principal, nos íbamos a convertirán un grupo inseparable, y que mas que amigos compañeros de internado, pareceríamos hermanos a los ojos del exterior del centro.

 

Podríamos estar enfadados entre nosotros, habernos peleado en el colegio, estar sin hablarnos durante días, ser algunos mas fuerte que los otros, pero siempre había una cosa que hacía que todo eso valiese la pena…

 

Nadie, absolutamente nadie, del exterior de San Viator, se metía, golpeaba, o insultaba a ningún muchacho de nuestro colegio, ya que unidos cómo auténticos hermanos, y compañeros acudiríamos todos en defensa del agredido.

 Demostrando, que con los de San Viator, nadie se mete.

 

Carmelo Flores, también llamado “pajarito”, se convirtió en inseparable compañero de juegos, a pesar de que este joven muchacho, dormía en el centro, pero durante el día iba con otro par de muchachos a estudiar a un colegio de educación especial.

El no era ningún desminuido psíquico, pero de vez en cuando sufría ataques de epilepsia, que lo transformaban en un muchacho, muy diferente.

 

Yo siempre pensé, que aquellos ataques eran simples rabietas, de niño malcriado, y sobre todo nervioso, y en una de esas innumerables veces en las que me peleaba con el, descubrí que tan solo se calmaba, cuando con los brazos le enganchaba del cuello, inmovilizándolo.

Le dejaba, sin fuerzas, casi sin respiración, y al final caía derrotado por el cansancio del ataque al suelo.

 

Otra de mis grandes amistades, fue sin duda Israel Usieto, un chico pecoso, y al cual con el tiempo cogería un gran aprecio, aunque no tanto cómo a mi hermano de aventuras, Carmelo.

 

Este muchacho, huérfano de madre (la cual falleció de cáncer de piel, años atrás), estaba junto a su hermano mayor, (uno de los mayores buenos), internado en aquel colegio, desde hacía un par de años.

 

Usieto, era “gangoso”, ya que había nacido sin campanilla, cosa la cual a mí particularmente me sorprendía, pues nunca había conocido antes, a ningún “gangoso”, tan solo los había oído, en las cintas de chistes de cassette, que mi madre tenía de un tal Arevalo

 A pesar, de su defecto vocal, él joven Israel, era un chico completamente adaptado al medio, y al Centro. Nadie se metía con el por su defecto, y era respetado por los demás mayores abusones, ya que su hermano Cesar, estaba en el ultimo año en el colegio, y siempre defendía a su hermano.  

 

Pero el trauma, del joven Israel, era otro, mucho más doloroso, y traumatizante…

Iban a trasladar a nuestro tutor Alfredo, a un colegio de San Viator en Colombia, algo que le producía un gran dolor a Israel, un dolor inmensurable, debido al gran “amor”, que el joven muchacho, sentía hacia aquel tutor.

Un amor, que aprovechándose de la imagen paterna que los tutores daban a los internados, llegaba mucho mas lejos, recibiendo el pequeño”gangoso”, un amor diferente, al resto de los internados.

 

Un “Amor”, que con el tiempo mi joven amigo y compañero, me contaría en la intimidad, explicándome entonces muchas de las cosas que en secreto sucedían, en el interior de aquellas paredes de San Viator.

 

Hablando de nuestro “querido”, respetado, “pedófilo”,y religioso educador, Alfredo, nunca podré olvidar, el miedo, y terror,  que pasó una de aquellas primeras noches de 1981,

 

Tras acabar la cena, y cómo cada día, tras subir a la sección, fuimos a la sala de televisión, en donde cómo siempre aprovechábamos para jugar al Monopoli, y otros juegos de mesa, siempre hasta las once, que nuestro tutor nos enviaba puntualmente acostarnos.

 

Aquella noche, algo era diferente en aquella sección, y no por los chicos que allí nos encontrábamos, si no por los tutores que nerviosos iban de sección, en sección, reuniéndose entre ellos, con gran pánico, y portando todos un transistor radiofónico en las manos.

 

Alfredo, se situó frente al televisor de la sala, y con el sonido apagado, escuchaba la radio con auriculares, mientras veía el televisor.

En ningún momento, cómo en noches anteriores, nos llamaba la atención, por levantar la voz con nuestros juegos de mesa, y nuestros ir y venir de las habitaciones, en los que los portazos de las habitaciones se oían desde la sala.

Y eso que por medio de nuestra sección, y de nuestra sala de televisión, estaba la sección sexta, que eran más pequeños.

Pero al igual, que pasara con nuestro tutor, José Antonio, el tutor de aquella sección, estaba nervioso, y casi no salía de su habitación.

 

Fue bien entrada la medianoche, cuando ambos tutores, ya mas tranquilos, nos mandaron acostar. Pero, para muchos de nosotros, aquella noche de radios, y nerviosismo, entre los religiosos, no sería entendida hasta años mas tarde, en cuanto nos dimos cuenta de lo que sucedió, en Madrid, y Valencia, aquella noche del 23 de febrero de 1981.

Una noche, en la que la recientemente estrenada Democracia, se vio amenazada por los “milicos”, tal cómo años atrás ocurriese en Chile, o en Argentina.

Pero por suerte para los españoles, nada ocurrió, y los jóvenes que comenzábamos a aflorar, junto a aquella reciente Constitución, ni siquiera llegamos a prestar atención a aquel frustrado golpe de estado, dirigido por un Antonio Tejero Molina, no (Antonio Molina), el cantante.

 

Los días, pasaron en San Viator, cómo pasan los días cuando se está cómodo en lugar. Sin trascendencia alguna, sin fugas por los maltratos recibidos por mi madre, y sobre todo teniendo algo que nunca había tenido antes, sobre todo desde que me fui años atrás del colegio Nazaret, en Alicante.

 

Yo seguía llevándome “collejas”, y más de una zurra por parte de los “chulos”, y mayores del colegio, pero aun así, yo estaba completamente adaptado a aquel sitio, que en tanto se diferenciaba de mi terrible hogar.

Algunos fines de semana, me tocaba ir con mi madre, otros me quedaba en el colegio, y además de la paga de los domingos, (cosa que nunca tuve en mi hogar), podía disfrutar de la libertad de poder jugar con niños, salir por el barrio, y saborear cada domingo, la botella de “Casera” cola, naranja, o limón, que nos ponían cada domingo para comer.( un litro por mesa , que rebajábamos con agua de la jarra, para que nos durase más tiempo).

 

Casi todos los domingos, acudíamos a misa en la parroquia del barrio de la Paz, en donde poco a poco, fuimos haciendo amistad, con otros chicos, y chicas del barrio, que en un principio nos miraban cómo bichos raros, por provenir de aquel colegio “conflictivo”, pero  que lentamente, y con el transcurrir del tiempo, fuimos demostrando, que la gran mayoría de aquellos niños, tan solo éramos niños tan normales cómo ellos.

 

Al llegar la semana santa, de aquel 1981, nos llevaron durante una semana de excursión al pueblo tarraconense de Segur de Calafell, a un camping llamado del Buen Vino.

Una semana, que consiguió evitar, el que yo pasase las vacaciones con mi madre (la cual cada vez estaba peor, debido a su adicción al alcohol, y las pastillas), eso si, golpeándome mucho menos que en el pasado, pero verbalmente castigándome más, y demostrando su gran desprecio hacia mi.

 

Por eso, yo era feliz, en San Viator, en donde a pesar de ser a veces golpeado por los mayores, por lo menos no era despreciado, ni obligado a comer separado.

 A aquella excursión, al igual que sucediese por navidades, iríamos sobre los cuarenta chicos, que acompañados de varios tutores, y de Joaquinillo, (que era marido de la mujer de la lavandería, vigilante del patio y de los comedores, y  que vivía en una casa del colegio, en los sótanos  donde estaba la lavandería). Pasamos una semana de ensueño.

 

Volví a reencontrarme, con mi mediterráneo, mar que desde que viví en Mataró, nunca volví a ver, ni disfrutar. Ese mismo mar, con el que disfruté en sus playas de Alicante, en mi niñez, un mar que me traía recuerdos de Nazaret, los del súper, y también momentos vividos junto a mi madre.

Por aquel tiempo, nuestro tutor Alfredo, ya había sido enviado a San Viator de Colombia, para dolor y desgracia de mi gran amigo, el “gangoso” Israel. (Cuyo inexplicable amor hacia el ex tutor, era desproporcionado).

 

En su lugar, y hasta fin de curso, un nuevo tutor se encargaría de aquella sección quinta.

El mismísimo doble del actor cinematográfico, Cristopher Lee, también conocido cómo “Drácula”, he ahí el mote, que pusimos todos los muchachos del centro al serio, malhumorado, y gruñón, nuevo tutor.

 Uri, o José Luis Uriagareka, un nuevo tutor, que venía en sustitución de Alfredo, desde San Viator de Vitoria, y que al igual que sucediese con los tutores de los mayores, tales cómo Don Esteban, o Nemesio, tan solo sus miradas, imponían  gran respeto.

 

Uri, (el cual sufría de una fuerte halitosis), nos obligó en aquella semana santa, a acudir a una misa de jueves Santo, en aquel pueblo de Calafell. Una misa que duró, cerca de una hora, y en la que los propios tutores se quedaron dormidos, al ser la ceremonia en catalán, y no entender nadie, absolutamente nada.

 

 Pero nuevamente, y tras las vacaciones de semana santa, volvimos al colegio, en donde las clases nos aguardaban en aquella recta final de curso.

Yo, se podía decir que no era de los, listos, y lumbreras de la clase, ya que en matemáticas era un completo negado, pero en otras asignaturas  fui avanzando, cómo nunca antes lo había hecho en otro centro.

Las clases de Historia, impartidas por el tutor de los mayores, (Esteban), y las clases impartidas por el Padre Marcelino, (único sacerdote del colegio), eran en las que mas me aplicaba, tal vez por la forma seria, de dar aquellos profesores las clases, pero sobre todo por lo que nos exigían.

 Francés, Lengua, Dibujo, Sociales, y Naturales, y música, eran de las asignaturas en las que más aprendí, aunque cabe resaltar, que para otras era un completo negado, tal cómo en matemáticas, y educación física, (gimnasia).

 

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