Lagrimas de un Menor- Capitulo 15º Parte 1º

Capitulo 15º

“Sección Segunda, descubro que tengo padre…”

En aquel final del verano de 1983, yo acababa de cumplir los 14 años, y ya me acercaba lentamente, a esos 16 años, en los que mi vida cambió por completo, y en los que gané en dos ocasiones la batalla a la muerte. (Cosa que descubriremos unos capítulos más adelante).

Recién cumplidos aquellos 14 años, mi nuevo cambio de sección, se vería reforzado con una libertad que anteriormente, no había tenido el colegio, ya que al estudiar fuera, y tener actividades extraescolares como el baloncesto, disponía de más tardes libres, y de unos horarios, que mientras que estuviese en el colegio a la hora de la cena, estaban autorizados por mi nuevo tutor, y por su monitor de apoyo, que en aquel año, volvíamos a tener a Julio Batalla.

Todos los días nos levantábamos a las siete, y media de la mañana, para asearnos, desayunar, y tener que caminar un kilómetro, hasta el autobús que nos llevara a nuestro nuevo colegio. La Salle.

Joaquinillo, nos tenía preparado, el desayuno, y el bocadillo, que teníamos que comernos en el recreo.

José Luis Acevedo, era un tutor, de carácter muy apacible, y siempre respetaba la intimidad de nuestra habitación, dejándonos estudiar, y hacer lo que quisiéramos en la habitación, eso sí mientras que no molestáramos a los demás compañeros.

Una libertad, y una confianza, que hizo que nos volviéramos más responsables en los estudios, y sobre todo a la hora de hacer nuestros deberes del instituto.

Siempre, bajo la vigilancia de Julio Batalla, que iba de habitación en habitación, para vigilar que todos estuviéramos estudiando.

El estar en la sección segunda, significaba también el poder fumar en la habitación, siempre que se tuviese un permiso paterno, y dejar de esconderse o de salir fuera del colegio, para poder hacerlo.

Un permiso, que a mí, nunca me daría mi madre, ni que yo le pediría para poder fumarme aquellos tres o cuatro cigarritos que yo me fumaba cada día.

Una de esas tardes, en las que estaba haciendo los deberes, y con la puerta de la habitación, cerrada, me apoyé en la ventana, y me encendí un cigarrito, sin pensar que Julio Batalla, o el tutor pudieran entrar.

Cosa la cual sucedió…

Estando fumando, de repente entró en la habitación, el serio, y estricto, Julio Batalla, el cual vio, además del humo, mi cigarro en las manos.

–        Ruiz, ¿acabaste los deberes…?

Madre mía, que colleja me iba a llevar, o que castigo, me había pillado fumando. (en ese momento, me esperaba cualquier cosa, incluido un merecido bofetón del estricto, y serio Julio Batalla).

Pero no, su reacción fue muy diferente a la esperada por mí, ya que por aquel entonces yo no sabía que los que tuvieran permiso, podían fumar en el colegio, ya fuese en el frontón, en las puertas del colegio, o en la periferia del centro, (siempre alejado de los pequeños).

Con voz normal, y tras revisar que yo, había acabado los deberes, el serio monitor, exclamó:

–        ¿Tienes permiso para fumar…?

Yo, con el único fin, de no ser castigado, o no ser “collejeado”, por Julio Batalla, dije con toda naturalidad, y con el cigarro en la mano:

–        Claro, Don Julio, ya lo entregué…

Vaya mentira que me acababa de salir, todo por ahorrarme el castigo, y la bronca.

¿Y si lo quisiera confirmar…?

Pero por sorpresa para mí, dio la vuelta, y siguió la ronda por las habitaciones colindantes, sin decirme nada más.

Desde aquel día, pude fumar sin tener que esconderme, y creyéndome yo, ser más mayor, por poder hacerlo. (Era gracioso que por aquel entonces, yo presumía de poder dejarlo cuando quisiese, lo cual era cierto, pero sin darme cuenta, empezaría en una terrible adicción, que perduraría varias décadas después.)

Con esa llegada de los 14 años, también una cosa nos iba  a suceder a todos los que ya teníamos aquella edad, una cosa que nos hacía mucha ilusión, ya que hacerla sería el dejar de ser pequeños, para convertirnos en supuestos ”Mayores”.

Nos íbamos a sacar nuestro primer DNI, (Documento Nacional de Identidad). Al fin podríamos entrar en los Pubs, a los que iban los mayores los domingos por la tarde, como “Los Picatas”, “Litros”, y el “Frenos”, todos ellos en la denominada ; “Zona Facha”, que no era otra que la zona del Corte Inglés.

Así, que  un sábado, después de desayunar fuimos casi todos los de mi sección, a hacernos el deseado carnet, a la comisaría central de Zaragoza, lugar en donde años atrás estuve retenido en una de mis fugas.

Era gracioso, poder ver como casi todos teníamos el mismo número, tan solo nos cambiaba el número final, por ejemplo, el mío acababa en 001, el de mi inseparable amigo Carmelo, en 002, y así con todos los de San Viator que aquel día fuimos a hacérnoslo.

Pero bueno, lo que más me gustaría explicar, es como fue aquel nuevo centro educativo de Formación Profesional, y las nuevas experiencias que me aguardaría en aquel primer curso de Química.

Cómo recordará el lector, yo me apunte a Química, por la gran cantidad de chicas que había en nuestra visita el año anterior, una cantidad de chicas que este año, estaban en segundo curso, y que en su mayoría salían o se enrollaban, con los de electricidad, o con los de mecánica.

En aquel primer curso, me encontraría que en mi clase, éramos tan solo trece alumnos, en comparación a los veintidós del año anterior.

Trece, de los que doce éramos chicos, y dos tan solo chicas.

Y madre mía que chicas…

Eran dos chicas, que tan solo con verlas teníamos que girar la cabeza hacia otro lado, de lo “feas”, que llegaban a ser, pero sobre todo de lo “especial”, que eran.

Ninguno de los de clase, nos podíamos explicar, por qué aquellas dos chicas, se habían apuntado a Química, pues su coeficiente intelectual, era mínimo…

El llamarles “feas”, no es porque  una, fuese obesa, y la otra bizca, y bigotuda, era porque además de tener esos defectos, no prestaban atención en clase, suspendían una media de diez asignaturas, y además porque se pasaban toda la clase, extrayéndose mocos, y otras sustancias de la nariz, y orejas.

Resultaba, verdaderamente terrorífico el mirarlas, sobre todo a una que se llamaba Mabel, la cual cuando te miraba con su negro “bigotillo”, y sus ojos extraviados, daba autentico pavor.

Pero lo principal, no era “ligar”, cosa que haría meses más tarde en unas convivencias, si no el sacar un curso, en el que nuevamente, y como me sucediese en la EGB, las matemáticas, no iban a ser mi fuerte, y eso que en química, casi todas las asignaturas las contenían.

Dibujo, matemáticas, tecnología, física, y laboratorio.

La tutora de nuestra clase, se llamaba Ana, y fue una magnifica profesora, con la que aprendí muchísimas asignaturas nuevas para mí, como por ejemplo el inglés.

Una profesora a la que los graciosos de la clase, (en los cuales yo me incluyo), a veces la volvíamos loca, haciéndole trastadas como, romper las ventanas que daban al pasillo, (jugando al baloncesto con el borrador), o escribiendo en la pizarra de detrás nuestra, en donde estaba el horario de clases, palabras de inglés, y su significado, todo para copiar en los exámenes de vocabulario.

(Era gracioso el ver cómo todos nos girábamos, para mirar en la pizarra que estaba frente a ella, y a nuestras espaldas, y ella no se daba cuenta).

Pero, si había una clase que me gustaba mucho, era sin duda las clases de laboratorio, en las que realizábamos con el estricto, hermano Pepe, (el director del centro), nuestros experimentos, cómo análisis, y preparados.

Me encantaba, ir con mi bata blanca, y sobre todo me encantaba, la cara que ponían las clases colindantes, cuando llenábamos los pasillos del fuerte olor al laboratorio, o al ácido sulfhídrico, (olor a huevos podridos).

La relación con mis compañeros de clase, se podía decir que era buena, aunque, eso no quitaba que tuviéramos el típico niño “chulito”, el típico “pelotas”, el típico “empollón”, y los típicos “graciosos”, en los cuales me incluía yo, y mi inseparable amigo por aquel entonces, un chico llamado Luis Cadena. Que venía de una localidad cercana a Zaragoza, llamada María de Huerva.

Un chico, que al igual que yo, no tenía malicia alguna, pero que no parábamos de buscar, la manera de hacer aquella clase, un sitio divertido.

Por ejemplo…

Siempre nos metíamos con el empollón de la clase, “el zombi”, parábamos los pies al “chulito”, y nos hacíamos refrescos, en el laboratorio, mezclando glucosa, ácido cítrico, y bicarbonato.

Además nos llevábamos productos, y minerales del laboratorio, con el cual iniciábamos nuestra propia colección.

Pero eso sí, nos apuntábamos a cualquier actividad del colegio, participábamos en cualquier concurso, y los viernes por la tarde, nos apuntamos a unas reuniones en las que hablábamos de religión, y exponíamos, y debatíamos diferentes temas.

Pero no tan solo yo, hacía nuevos amigos, me di cuenta de que varios de los chicos que estudiábamos allí, y que estábamos internos en San Viator, hacíamos nuevas amistades en aquel colegio, cuyos chicos en su mayoría nos miraban a los de “San Viator”, cómo chicos raros. (Sobre todo los chicos que venían del barrio de San José).

Volviendo a mi internado, una triste noticia me embargaría en aquellos días…

Mi gran amigo, compañero de sección, y de andanzas, Carmelo Flores, había acabado su periodo, en el colegio de educación especial (ATADES), y tendría que abandonar San Viator, para volver a su Egea de los Caballeros.

Una perdida que me afectó, pues a pesar de tenerle que enganchar en más de una ocasión del cuello (por sus ataques), él, era parte inseparable de mí, cómo amigo, cómo compañero, y casi cómo hermano pequeño.

Pero dentro de aquella perdida, aun me quedaba la felicidad de poder disfrutar de compañeros, como Llune, Yosu, Usieto, Pereda, Rafa Martín, y otros varios, con los que cada vez, y gracias a nuestra convivencia en la segunda sección, iba entablando amistad, tal como fuera el caso con los hermanos David, y Narciso Madrona.

Unos hermanos, que junto con los anteriormente mencionados, íbamos todos juntos en el autobús que nos llevaba cada día a La Salle.

Unos viajes en el autobús, que se convertían en todo un espectáculo, y en una serie de inocentes “trastadas”, realizadas por aquella pandilla, pero en especial, por el “cachondo”, Rafael Martín…

(Un chico que era capaz de rezar el Padre Nuestro, con eructos.)

Jejeje…

Era gracioso poder ver, como tanto en nuestra ida, como en nuestra vuelta en aquel autobús número 24, habríamos las ventanas, y decíamos a la gente que pasaba:

-Oiga, oiga, que se le ha caído algo…

Los viandantes se volvían, y empezaban a mirar por el suelo, mientras que nosotros nos alejábamos en el autobús, muriéndonos de risa, y esperando parar en otro semáforo, para hacer lo mismo, y así “quedarnos” con la gente.

Otra de las trastadas, era sin duda una que hacíamos todas las mañanas, camino del autobús, y pasando por una calle que estaba en el barrio de San José.

Todas las mañanas, nos encontrábamos con una mujer que sacaba, a pasear a su perro, que era un chato pequinés, que tenía los dientes para afuera.

Nosotros pasando, a paso ligero cargados con nuestras mochilas cargadas de libros, empezábamos a gritar:

–        Señora ¿Quién pasea a quién?, es más guapo el perro que usted, guau, guau, ¿Por qué no se opera la cara?…

Aquella mujer, se volvía loca, y no paraba de gritarnos:

–        Cómo llame a mi marido os vais a enterar, desgraciados, hijos de puta, cabrones…

Nosotros, riéndonos cada día, nos alejábamos del lugar, intentando estar a las 8, 15 en el autobús, ya que si estábamos en el autobús de las 8, 20, llegaríamos tarde.

En aquella clase de química, (menos los días que teníamos que estar en clase a las 8 de la mañana), yo siempre llegaba tarde a las clases de las 9, en las que tenía siempre a nuestra tutora, Ana.

Aunque llegase a la hora con el autobús, yo siempre me quedaba cinco minutos más, en el patio (fumándome el cigarrito), todo para batir un record.

Cuando pasaban aquellos cinco minutos, y tras entrar a clase, cuando ya todos estaban sentados, yo siempre decía:

-Se ha estropeado el autobús, la nieve ha cortado una calle, perdí la cartera…

Y mil de falsas excusas que hacían gracia, y que no eran creídas por la tutora, pero que no me decía nada, pues siempre lo hacía a los cinco minutos, y ella sabía que yo no tenía maldad, si no ganas de hacerme el gracioso.

En lo referente a mi casa, las cosas empeoraban por momentos, ya que mi madre, no me quería con ella, y buscaba ansiosamente que yo cumpliese los dieciocho años, para tirarme a la calle, (cosa que hizo con dieciséis).

Para no tener que abandonar el baloncesto, ni mi equipo del Stadium Casablanca, hablé con mi tutor, para que los fines de semana que me enviaban junto a mi madre, por favor me enviasen el sábado por la mañana, y no los viernes por la tarde.

Así ella, no se enteraría de mi actividad extraescolar, y podría seguir jugando con la misma ilusión que estaba haciendo. Ya que ella me lo prohibiría, tan solo para hacerle de recadero, y para estar castigado en la soledad de mi habitación, o de la cocina. (Lugar en el que yo hacia mi vida en los últimos años).

Algo que Acevedo, comprendió, y por lo que durante un par de años más, pude seguir jugando, y entrenando.

Sobre el medio día de los sábados, llegaba a mi casa, en donde una nueva rutina iba a aparecer en mi vida.

Una rutina, que durante los dos años siguientes, se convertiría en mi primer trabajo (no remunerado), con tan solo 14 años.

Tras llegar a mi casa, y tras hacerle las compras en el mercado, mi madre me mandaba coger el autobús, y acudir a la Cafetería Aida, propiedad de Julio.

En esa cafetería, comería, y trabajaría hasta las doce de la noche, en cuanto cerraba Julio, y me llevaba a casa.

Con aquellos 14 años recién cumplidos, no podía decir que fuese camarero, pero sí que me convertí en el recadero de las compras de la cafetería, el “freganchín”, y el juguete de los más de diez empleados que allí se encontraban.

En aquella gigantesca cafetería, trabajaban un cocinero, cinco camareros por la mañana, y cinco por la tarde.

Había que servir, a las ocho plantas de oficinas, y a las ocho plantas de apartamentos, en los cuales muchos enriquecidos empresarios, alquilaban apartamentos para dormir con “sus sobrinas”, que era lo que casi todos decían, cuando venían a cenar, y las presentaban a Julio, o a los camareros.

Hablando de sobrinos, y de sobrinas, en aquella cafetería trabajaba el sobrino pequeño de Julio, hijo menor de su hermana.

El único, que sabía en aquel lugar que yo era el hijo de la compañera sentimental, o de la “querida” de Julio, ya que para todos yo era su sobrino, ya que Julio, por lo visto le avergonzaba reconocer aquella relación, y sobre todo a aquel niño de catorce años.

Carlos, un joven de dieciocho años, que a pesar de que se metiera conmigo, y que al igual que en tiempos atrás hicieran mis primos de Barcelona, se riera cada vez que mi madre me echaba la bronca, o me castigase, o insultase.

Él, se convirtió en una parte importante en este oficio que aún hoy desempeño, la hostelería.

Él, se metía bastante conmigo, pero también puedo decir que era cómo un hermano mayor para mí…

Sabía perfectamente, como era mi déspota madre, y sabía que yo no estaba ahí con mis catorce años por gusto, si no por obligatoriedad, y deseo expreso de aquella desalmada mujer.

Con catorce años, yo no tenía nomina alguna, ni recibía “bote”, o las altas propinas que semanalmente se repartían los camareros, recogidas en su mayoría en los servicios en las habitaciones, u oficinas.

Yo aquellos sábados, no salía de la cocina, y cuando salía tan solo lo hacía para acompañar al freganchín, a recoger vajilla en las plantas del edificio.

Realizaba las compras en el mercado próximo, ordenaba el almacén, y realizaba los inventarios, pero sobre todo, me pegaba todo el día lavando, y secando la enorme cantidad de vajilla de aquel establecimiento.

Yo , era cómo el juguete para aquellos experimentados camareros, que por ser el supuesto “sobrino” del jefe, no me trataban mal, pero se reían de aquel joven inexperto, y algo inútil, que se iniciaba en el oficio de la hostelería.

Los domingos, la cafetería Aida, se cerraba, pero eso era aprovechado por Julio, para acudir y realizar una limpieza general.

Una limpieza, a la que acudíamos a primera hora de la mañana, Julio, mi madre, yo, Carlos, y su novia, una joven muy cariñosa, y simpática, llamada María Jesús.

En aquella limpieza general de cada domingo, la principal tarea de mi despótica madre, era la de estar constantemente llamándome “inútil”, pues todo lo que yo hacía lo hacía mal, a los ojos de ella.

Unos ojos, que cuando miran con odio, y con incomprensión, lo ven todo mal, ya que ella no podía, o no quería entender, que yo tan solo tenía catorce años recién cumplidos, y que no sabía cómo se limpiaba una cafetera industrial, o como se clasificaba una vajilla de hostelería nueva para mí.

Al finalizar aquella jornada matutina de domingo, Julio siempre obsequiaba tanto a Carlos, cómo a su novia maría Jesús, con unas dos mil pesetas, (doce euros de la actualidad), para que por la tarde fuesen al cine, o se tomarán algo por ahí, los dos juntos.

(Cabe decir, que por aquel entonces, era un dinero algo considerable, no cómo hoy en día).

Yo sin embargo, no recibía ninguna cantidad, por el trabajo realizado, ya que si la entregaba Julio, era reprochada por mi madre, (o se la quedaba ella), por mis trabajos realizados tanto el sábado, como en aquella mañana de domingo.

Así, cada domingo, en los que después de comer, Julio me llevaba de vuelta al internado después de comer, y sin haber podido descansar en todo el fin de semana. (Todo por orden, de mi madre).

Unas tardes de domingo, en las que no disponía de aquella “paga”, que recibía cada fin de semana en el colegio, y que tampoco recibía por parte de mis trabajos realizados durante el fin de semana, en Aida.

Es decir, estaba más “pelado”, que un soldado en el servicio militar.

Cosa que me afectaba, pues las semanas que no me quedaba en el colegio, y no recibía la paga, no me podría comprar mi paquete de “Ducados”, o jugar mis partiditas de marcianitos, en mi lugar de salidas, cada domingo por la tarde, “El Centro Comercial Independencia”…

Hablar de aquel Centro Comercial, es hablar del único lugar por aquella época, que había en Zaragoza de aquellas características.

Un lugar en forma de caracol, en el cual había más de cien establecimientos, y varios salones recreativos, con aquellas máquinas de “marcianitos”, que por aquellos tiempos estaban en auge. (Aún faltaban unos cuantos años para la comercialización de las consolas, y de los ordenadores portátiles, por lo que aquellas máquinas, eran una novedad, sobre todo para los niños, y adolescentes).

También, en aquel mágico lugar, y en la parte más alta del Centro, había situada una emisora de radio, (Radio Heraldo), que no paraba de poner videos musicales, por todas las pantallas repartidas por aquel enorme lugar, y sus salas.

Así que mientras, mis compañeros de internado salían por los pubs de Zaragoza, y gastaban la paga recibida, a mí, no me quedaba otro remedio que deambular por aquel Centro Comercial, y pasar la tarde de domingo, paseando, y viendo como disfrutaban los demás niños en los salones recreativos. Todo, hasta las ocho, que teníamos que estar para cenar en el internado.

Pero sin darme cuenta, aquella falta de asignación semanal por parte de mi madre, o de Julio, me iban a convertir, en un chico muy diferente a lo que era, todo por conseguir un dinero, para poder pasar aquel domingo por la tarde, sin parecer un “tonto”, entre los demás niños…

Una de aquellas tardes de domingo, descubriría algo, con lo que saqué durante mucho tiempo, aquel dinero, o asignación que me era negado en mi casa, un descubrimiento, con el que me sentiría avergonzado, y asqueado, y el cual me provocó innumerables llantos, por los hechos que yo realizaba por conseguir aquel dinero.

En aquel centro comercial, había varios servicios públicos, repartidos en diferentes plantas.

Unos aseos, o servicios, a los que íbamos los allí asistentes, entrando en ellos todo tipo de gente.

Una gente, que vigilando desde las barandillas del centro, (mientras que disimulaban ver el centro comercial), no paraban de fijarse, quien entraba en los aseos públicos, y que cada vez que entraba un menor, se ponían en el urinario de al lado.

Con unos ojos de perversión, y de lujuria, no quitaban ojo, al menor mientras que orinaba, con el único fin de observar sus miembros, e insinuarse.

Unas insinuaciones, cuyo único fin era el de que el menor enseñase sus partes, o se dejara tocar, y en un caso más excepcional, acompañar al adulto al interior del cuarto de baño, en donde dicho adulto se masturbaría viendo a ese menor.

Yo fui uno de aquellos menores, que cayó una primera vez, y que para mí vergüenza repitió, en fines de semana consecutivos.

Algo que me produjo un gran asco, y desprecio hacia lo que hacía, y cuya vergüenza me acompañaba en mi vuelta al internado.

Me había convertido, sin quererlo en un “chapero”, aunque cabe decir que un “chapero”, es el que busca esa relación, cosa que yo no hice en ningún momento, ya que la gran cantidad de pedófilos adultos que había en aquel lugar, eran los que buscaban, y se insinuaban a los menores.

Unos menores, que incluso más pequeños que yo, entraban solos a los aseos, y salían acompañados de personas mayores, en dirección a la calle, en donde serían llevados a casas particulares, o pensiones del “Tubo”.

Cosa que a mí nunca me sucedió, pues en ningún momento quería salir de aquel lugar, y estar a merced de unas personas desconocidas. Y yo sabía, que estando en el Centro Comercial, la “masturbación, o tocamiento”, sería rápida, y me darían doscientas, o trescientas pesetas, para jugar en los recreativos, o comprarme algo.

Yo me sentía sucio, después de aquellos actos, incluso en muchas ocasiones, sentado en los escalones de aquel Centro Comercial, me preguntaba, por qué no podía ser un niño normal, tener mi pequeña paga de domingo, y no tener que cometer aquellos actos.

-¿Por qué  mi cuerpo era tan deseado, en aquellos años de infancia…?

Nazaret, el hombre de los autos de choque, el tío del peluquero de mi calle, Juan Vera, el tutor de la sección cuarta, y muchísimos compañeros, siempre buscaban el mantener una relación sexual conmigo…

¿Por qué, yo nunca decía un “No”, y siempre accedía a aquellos actos pecaminosos, en los que yo me sentía sucio?

Unos actos que yo sabía que sucederían, incluso antes de que se me insinuasen, pues los movimientos que aquellos enfermizos adultos eran siempre los mismos…

Cuando el menor entraba al aseo, uno te perseguía hasta el interior, y con miradas de obsesión, miraban mientras orinabas, asomando la cabeza por el urinario para verte tu miembro.

Si el menor, no se asustaba ante aquel movimiento, o mirada, entonces el mayor se insinuaba.

De algo, me di cuenta en aquellos días de penuria, y era que el tipo de gente que se nos insinuaba a los menores, no eran personas de un nivel bajo, tanto económico, como social.

Unas personas, que eran de esa clase social media, casados, profesores, entrenadores, e incluso algún sacerdote, cosa que no tardé en comprobar.

Un sacerdote, que me dejó paralizado verlo en aquel lugar, y que a mí personalmente, no se me insinuó, pero que durante muchos domingos, lo vi salir de aquellos servicios con varios menores.

Un sacerdote, que yo conocía muy bien, ya que todos los viernes por la tarde, un grupo de chicos, y chicas de La Salle, íbamos a una eucaristía, que se celebraba, en La Salle Gran Vía, (colegio central de esta congregación), lugar en el cual después de aquella ceremonia eucarística, nos quedábamos a cenar, y jugar un partido de baloncesto en su pabellón cubierto.

Pero volviendo a aquellos domingos, que para más de uno se pensara que eran felices para mí, pero que en realidad eran un tormento, por cómo me sentía.

En uno de aquellos domingos, iba a conocer a un hombre, que se convertiría en una parte muy importante, tanto en mi educación, cómo en lo que aprendí junto a él, como persona.

Un hombre, que jamás se me insinuó, que jamás cometió ninguno de aquellos impuros actos conmigo, que me miraba como niño, y no como objeto sexual, pero que sobre todo pudo ver en mí, que yo no era nada más que un niño, que estaba cogiendo un camino equivocado, por la falta de amor, y cariño, en mi hogar.

Aquel hombre, lo veía casi todos los domingos apoyado, en la barandilla que había junto a la emisora de radio, un hombre que al contrario que los demás, no se quedaba fijamente mirando, quien entraba o salía de aquellos aseos, pero que no paraba de observar lo que allí sucedía.

Uno de esos domingos en los que yo, estaba apoyado en la barandilla, como reclamo para los pederastas, (ya que cuando ellos miraban a la parte superior del Centro Comercial, y veían algún menor subían, a la espera de que entrasen en los aseos).

Uno de esos días, aquel hombre de espeso bigote, y cuya cara me sonaba, sin saber de qué, me preguntó:

-¿Que pasa zagal, esperando para entrar al cine…?

Yo, pensando que era uno más de aquellos pedófilos, que allí se colocaban cada domingo, le respondí…

-No, no tengo dinero, para ver ninguna película, estoy esperando a ver si viene un amigo mío que me invite, .pero antes de las ocho que tengo que estar en el internado.

Aquel hombre, al escuchar la palabra “internado”, se quedó cómo sorprendido, y me volvió a preguntar:

–        ¿En dónde estás interno?

Yo, no quería decirle el sitio, pues si era uno de aquellos pederastas, no quería que se presentase en el colegio a buscarme, y además yo no quería que nadie se enterase de que yo era alumno de San Viator.

Así, que con cara inocente, y haciéndome el tonto, le contesté:

-No sé cómo se llama el colegio, hace poco que me han traído, pues yo soy de Alicante, y he venido a pasar una temporada aquí…

Vaya “bola”, o mentira, que le contesté, hasta a mí me costaba creérmela, pero sobre todo a aquel hombre, que desde hacía varias semanas, me veía aparecer por aquel lugar todos los domingos por la tarde.

–        Y qué, te gusta Zaragoza, o prefieres Alicante?

Al realizarme aquella pregunta, en esa ocasión, sí que no pude evitar decir la verdad…

–        Prefiero Alicante, allí también estaba en un internado, y los chicos no se metían tanto conmigo, además tenía más amigos que en Zaragoza.

Aquel hombre, expectante a mis palabras, me volvió a preguntar…

–        ¿Y tus padres, donde están, aquí, o en Alicante?

A lo que cómo si de un acto reflejo fuese, y ante la no voluntad por mi parte de hablar de mi “cruel madre”, le volví a mentir diciéndole…

–        Hace años, que mis padres, fallecieron en un accidente, y tan solo tengo a mi abuela, por eso estoy en un internado.

La mirada de aquel Señor, se convirtió en una mirada de ternura, y de comprensión ante mi mentira, una mentira que al cabo de unas semanas, yo mismo le desmentí por voluntad propia.

-¿Entonces no te gusta Zaragoza?

Me volvió a preguntar, mientras que observaba que mi mirada, miraba quien entraba o salía de los aseos, intentando encontrar al “pedófilo” de esa semana, que me pagase, por enseñarle mis partes.

–        La odio, le contesté con la más sincera de las verdades.

De pronto, ante mi contestación, esbozó una amplia sonrisa, casi carcajada, y me replicó:

-Jajaja, yo también, le tengo un cariño especial…

Yo no tenía ni idea, de lo que aquel hombre, quería decir con aquellas palabras, pero de pronto, aquel sujeto, que empezaba a caerme gracioso, volvió a exclamar, con una tonadilla musical…

–        La amo, la odio, le tengo un cariño ancestral…

Yo no entendía lo que quería decir, pero me hizo gracia aquel estribillo…

En ese mismo momento, un hombre se nos acercó, y efusivamente empezó a saludar a mi acompañante, el cual le dio la mano.

Yo, aprovechando aquel encuentro, entre ambos conocidos, aproveché la ocasión, y dije para poder irme…

–        Bueno, le dejo, voy a ver si mi amigo está por abajo, y me invita al cine, adiós, y ha sido un placer…

Tras aquella despedida, me encamine hacia la zona baja del Centro Comercial, dejando atrás, a aquel simpático señor.

Y bajando por aquel pasillo rodeado de tiendas en forma de caracol, de repente oí a mi espalda…

-Espera zagal, espera un momento…

Girándome, pude observar que aquel hombre con el que segundos antes estaba hablando, se introdujo la mano en su amplia chaqueta, y sacando un billete anaranjado, me lo ofreció gentilmente…

–        Mira, toma estas doscientas pesetas, y aunque no venga tu “amigo”, vas al cine igualmente, y con lo que sobra te compras unas golosinas.

Me quedé perplejo, ante aquel ofrecimiento, pues este hombre no se metió en los aseos, ni me había realizado insinuación alguna…

¿Qué desearía de mí?

¿Cuáles serían sus intenciones?

¿Por qué me dio aquel dinero, sin esperar nada a cambio?

Yo que en un principio no quise coger aquel dinero,(por educación , pero no por ganas), acabé recibiéndolo, ante la insistencia de aquel generoso hombre.

Tras dármelo, aquel hombre salió por la puerta de aquel Centro Comercial, sin esperar que yo le siguiese, tal como hacían los pedófilos que acudían a aquel lugar.

Varias semanas, después entablé una inseparable amistad, con aquel hombre, que casi todos los domingos paseaba por aquellos lares, sin esperar nada más que mi conversación, y mi tierna, y sincera amistad.

Empezó, a enseñarme en aquellas tardes de domingo, una Zaragoza que yo desconocía, una de esas tardes que tan solo un niño puede conocer cuando sale con un padre, o un familiar.

Un hombre, del que tan solo sabía que le llamaban José Antonio, y al que mucha gente lo paraban en la calle para estrecharle la mano, mientras que el siempre decía…

–        Me voy a callejear, con mi amigo.

Con él, pasaba, todas aquellas tardes de domingo, parando en cafeterías en las cuales me invitaba, enseñándome monumentos, y la historia de Zaragoza, e intentando sonsacarme cosas de mi pasado, de mi casa, y de mi convivencia en el colegio.

Historias, las cuales acabé contándole con la más sincera de las verdades, y sobre todo en más de una ocasión, con lágrimas en los ojos, cuando recordaba, las  escapadas, los abusos, y las palizas de mi madre…

Historias, a las que él prestaba gran atención, y en las que después me daba ánimos, y consejos, ante mis problemas.

Un hombre, que me ayudó a superar aquel pánico ante las matemáticas, y me enseñó más historia, que la que me enseñó cualquier profesor que hubiese tenido antes, incluido aquel profesor y luego tutor Don Esteban.

Con José Antonio aprendía, caminando, escuchándole, y de vez en cuando entonándome una musiquilla.

Yo siempre que lo veía, se me iluminaba el día, y sobre todo la tarde de domingo, en la cual era conocedor  de porqué iba yo, al Centro Comercial, y nunca dijo nada, al respecto.

Yo siempre le decía la misma frase cuando lo veía, esperando su contestación:

–        Buenas tardes, Don José Antonio…

A lo que él, siempre me contestaba, lo siguiente:

–        Don sin Dín, cojones en Latín…

Yo siempre me reía de aquella frase, y a pesar de saber que él era profesor en un colegio, yo lo trataba con el respeto, que un mayor siempre tenía para mí.

Un profesor, que junto con su esposa, enseñaban en un instituto de Zaragoza, llamado Goya, y que sin saberlo yo, desempeñaba otro oficio, por el que era conocido en toda España, y sobre todo en aquel Aragón de los 80.

Un día del mes de Junio, aquel hombre, al cual yo tenía admiración, aprecio, y cariño, me dijo, ya conocedor de toda mi vida, y de mi estancia en San Viator:

–        ¿Tienes algo que hacer el viernes a las seis de la tarde?

Coincidiendo, con que aquel día ya no tenía que ir a las misas que organizábamos en La Salle Gran Vía, y que iba a estar en San Viator, le contesté que no tenía nada que hacer, pues por las tardes no había clases.

Él, me dijo lo siguiente:

–        El viernes por la tarde, voy a las seis de la tarde, a un colegio cerca de San Viator, a una fiesta de fin de curso, si te apetece venir acércate al Buen Pastor del barrio de Torrero, (No el reformatorio que estaba en otro barrio, y que tenía el mismo nombre).

Yo le prometí, que acudiría, cosa que hice, y con la cual descubriría su verdadera afición, oficio, (además de la enseñanza), y el porqué era tan conocido para todo el mundo.

Al llegar a aquel patio, rodeado de niños, y padres, y sobre todo de una gran cantidad de vecinos del barrio de Torrero, vi sobre un escenario de madera, y rodeado de varios músicos, a mi gran amigo, e inseparable compañero de domingos.

Cantando, y recitando poemas, que emocionaban a quien los escuchaba, y convirtiendo aquella fiesta escolar, en un auténtico espectáculo.

Para muchos de aquellos asistentes, era un hombre que era famoso cómo cantautor, o que empezaba a salir en televisión con una mochila al hombro, recorriendo la geografía española, para otros era el profesor del instituto Goya, y para muchos otros era simplemente, José Antonio Labordeta.

Pero para aquel joven de tan solo catorce años de edad, aquel hombre, fue su mejor amigo, su mayor confidente de los maltratos sufridos en el hogar, de la incomprensión de la gente, y sobre todo el que conseguiría que yo amase aquella tierra odiada hasta entonces por mí, Zaragoza.

Un hombre, que me enseñó, que me brindó su amistad, y que me sacó de aquel Centro Comercial, y de sus pedófilos.

Un Gran Señor, desaparecido hace poco, pero al que le debo más de lo que una persona puede deber a un amigo.

Aquel día, y tras el concierto en El Buen Pastor, me regaló unas cintas de casete, con varios de sus discos, unas cintas que no pude escuchar, hasta varias semanas después en la que me regaló, mi primer aparato de música, que era un poco más grande que un “Walkman”, y que yo tenía en mi cuarto de San Viator.

El tiempo, mi madurez, su trabajo, y lo que en capítulos posteriores narraré, hizo que aquella amistad, pasase, cómo pasan las estaciones, pero sin olvidarla nunca, pues siempre ha sido, y será una de las personas más importantes en mi vida.

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