Lagrimas de un Menor- Capitulo 19º Parte 2ª

Pero esa, se puede considerar cómo una anécdota graciosa, dentro del gran infierno que el destino me tenía reservado en los meses venideros, en el cual salvaría hasta en dos ocasiones mi joven vida.

Una vida, que a punto estuvo de quedar truncada, en esos finales de 1986, tan solo a unas semanas de mi “Jura de Bandera”, que para los jóvenes lectores, era cuando se acababa el tiempo de instrucción( que eran los cuarenta y cinco primeros días), y pasabas a ser un soldado.

Era una fría mañana del mes de diciembre, cuando, nuestros oficiales al mando nos comunicaron, que teníamos que ir a las pistas de esquí de Candanchú, para realizar unas maniobras en la nieve, y clases de esquí.
Unas clases y maniobras, que no eran muy del agrado por parte de algún oficial, ya que las fuertes nevadas caídas en los días anteriores, y los intensos vientos, traían el peligro de fuertes aludes.
Pero las órdenes provenían de un alto cargo, y esas maniobras teníamos que realizarlas antes de la Jura de Bandera.
Tras coger un autobús, y casi dos horas de camino, llegamos a las inmediaciones de la estación de esquí de Candanchú, en donde todas las pistas de aquella estación estaban cerradas al público.

La zona utilizada por el ejército, era una zona un poco alejada de la zona que usaba el personal civil, y en donde una pequeña caseta o refugio, era el único lugar de resguardo para los allí asistentes.

Los veteranos, realizaban aquel día maniobras de supervivencia en la nieve, mientras los reclutas a cargo del sargento Navarro, realizábamos clases de esquí.
Era gracioso cómo los reclutas, formados en tres columnas, teníamos que tirarnos por una pendiente, en grupos de seis.
Nuestro sargento, antes de marcarnos la salida, nos preguntaba…

-¿Saben ustedes, esquiar…?

A lo que la mayoría gritábamos, al unísono…

– No mi sargento…

Entonces, aquel despiadado instructor, nos volvía a decir…

– Pues cojan sus esquís, y tírense por ahí…

Había muchos reclutas que tenían alguna noción, pero no la suficiente, para deslizarse por aquella pendiente tan empinada, por lo que veíamos toda clase de tortazos en la nieve, y los posteriores gritos del sargento Navarro, el cual obligaba a los caídos a volver a subir la cuesta, y volverse a lanzar.

En mi caso, serían unas dos, o tres las veces, en las que caí, y con la mochila al hombro, y el peso de los esquís, tenía que volver a subir los trescientos metros hasta la salida.

Fue en una de esas subidas, cuando cómo un trueno, retumbó en todo aquel paisaje, quedándonos todos perplejos, y asustados por el terrible sonido.

Paralizados, sargento Navarro incluido, pensamos que alguno de los veteranos, había lanzado algún proyectil, o disparo, pero nada más lejos de realidad.

El sargento Navarro, comenzó a gritar, a todos los hombres que estábamos en las pistas, pero esta vez sus gritos no eran de prepotencia militar, sino de susto, ante lo que podía observar desde la zona alta de la pista.

Una fuerte avalancha, se dirigió desde lo alto de la montaña, en dirección a los reclutas, que estábamos en la pista, una avalancha que era como una gigantesca ola de mar, que nos iba a envolver con su manto blanco, y gélido.

Fue en ese día, cuando empecé a creer en los ángeles de la guarda, y sobre todo a pensar, que algo, o alguien, velan por nosotros en algún lugar del universo.

Al ver como la cola de aquel alud, se nos venía encima, cogimos rápidamente nuestros esquís, y los clavamos de pié sobre la nieve, quedando abrazados a ellos.
Yo, que era el más próximo a la zona de subida, tuve la gran suerte de no estar en mitad, o en la parte más baja, de aquella pista, por lo cual la avalancha tan solo me toco con los bordes del alud, quedando aun así sepultado con un metro de nieve sobre mi cabeza.

Pero en la parte más baja, de la pista un total de nueve compañeros, fueron arrastrados, y sepultados por aquella avalancha mortal.

De lo que sucedió a posteriori, no puedo recordar nada más, lo único que puedo decir, es que yo me desperté tres días después, en el Hospital Militar de Huesca, dentro del departamento de traumatología.
Por lo visto, fui rescatado muy pronto al igual que varios de mis compañeros, que abrazados sobre los esquís clavados, en la nieve, fuimos rápidamente localizados.

Pera esa suerte, no la corrieron, seis de los nueve reclutas, que estando en la zona más baja de la pista, fueron sepultados por varios metros de nieve, tardándose varios días en poder localizar sus cuerpos, ya fallecidos.

Tan solo unos segundos, me separó de la vida y la muerte, unos segundos que me dieron la segunda oportunidad, que te brinda la vida, para enmendar fallos cometidos, o realizar sueños por cumplir.
Y mi principal sueño por cumplir, era el poder ira Alicante, en el momento que saliese del ejército, para poder ir en busca de mi padre.
Un padre, que descubrí que tenía, cuando mi buen tutor Acevedo, me lo contó en la sección segunda de San Viator.

Tres días, antes del sorteo de la lotería de Navidad, me dieron de alta en el Hospital Militar de Huesca.
Con todos los dedos, de manos y pies, (al contrario que algún compañero, que le amputaron más de un miembro), y con tan solo una herida en la parte frontal de la cabeza, y gran número de rasguños, que ya cicatrizaban, salí de aquel Hospital, con una amplia sonrisa de haberlo podido contar.

Me dirigí, a nuestro cuartel de Barbastro, en donde casi todos los soldados, estaban de permiso tras la jura de bandera, y otros estaban de permisos navideños.
Mi jura de bandera, al igual que la de varios compañeros que estuvieron ingresados junto a mí, quedó pospuesta, por nuestro ingreso en el Hospital.
Pero aun así, disponíamos de aquel permiso de Jura, que duraba hasta la entrada de año, un permiso que disponíamos, todos los que salíamos del hospital, y vivimos aquel trágico día.

Pero, ¿a dónde podía ir yo…?

No tenía casa, mi madre no me dejaba aparecer por la suya, y no creía que cómo sucediese en el Cuento de Navidad, de Dickens, a ella se le ablandase el corazón por aquellas fiestas navideñas, de todas formas ya me demostró su amor de madre, cuando ni un solo día vino a visitarme al hospital.

No tenía donde ir, y tan solo las paredes de aquel cuartel, me daban el amparo de no dormir en la calle.
Se me presentaba una triste, y negra navidad, muy diferente a las vividas en años anteriores, que a pesar de estar con mi madre, siempre soñabas envuelto en el espíritu navideño, que todo se arreglaría en un futuro no muy lejano.

Al llegar al cuartel, fuimos al despacho del Comandante, el cual nos notificó, nuestro permiso, y que estábamos exentos de toda guardia, o servicio, durante el periodo navideño.

Yo solicite, su permiso para pedirle que si me podía quedar en el cuartel, pues le mentí diciéndole que mis padres estaban de viaje, y que prefiriera pasar las navidades con mis compañeros, que solo en casa.

El comandante, algo extrañado, por no querer pasar las navidades en familia, y querer quedarme allí, tras el trauma sufrido, accedió, advirtiéndome al mismo tiempo, que tan solo estaría con los cuerpos de guardia de aquellos días, ya que el cuartel quedaba vacío, de tropa, y de oficiales, que acudían a sus pueblos para pasar las fiestas de Nochebuena, y Navidad.

Sin saberlo, con quedarme iba a realizar uno de los mejores negocios de mi vida, por lo menos en aquellos días.

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