Lagrimas de un Menor- Capitulo 19º parte 3º

Pronto corrió la voz, entre los soldados que tenían guardias, los días 24, o 25, de diciembre, y que no podían pasar las fiestas con sus familias, por tener guardias.
Aquellos soldados, empezaron a ofrecerme grandes cantidades de dinero, a cambio de realizarle sus guardias en aquellos días.
Un ofrecimiento, al cual accedí, ya que al estar todos los mandos fuera del cuartel, y estar tan solo un cabo primero, de oficial los días 24, y 25, la ganancia estaba asegurada.

Fueron diez mil pesetas, por lo que vendí la guardia de Nochebuena, y otras tantas por la noche de Navidad, más o menos unas veinte veces de lo que ganaba en el servicio militar, en un mes.
Yo no puse el precio, si no ellos me lo ofrecieron, chicos de alta cuna, que se podían permitir comprar esa guardia, para poder estar junto a sus familiares.
Es gracioso, el poder recordar aquellos días navideños de 1986, sobre todo la guardia nocturna que me tocó vivir, y en la que se puede decir que viví mi mejor momento, en todo mi periodo militar.

De unos quinientos habitantes de aquel lúgubre cuartel, tan solo nos quedamos durante los días 24, y 25, unos treinta.
Treinta hombres hechos, y derechos,( bueno 29 y un crio de tan solo 17 años) que lloraban por no poder estar junto a sus familiares, pero que eso no impidió, que pasáramos una colosal Nochebuena, en el Cuerpo de Guardia, que era cómo se llamaba el habitáculo de la entrada del cuartel.

Estando, allí de guardia, el suboficial al mando, se fue a los comedores, y a la cantina, para traernos la cena correspondiente, una cena, que poco a poco, se fue incrementando, gracias a los deliciosos bocados que traían muchos de los soldados de la guardia de tarde, y de mañana.
Unos bocados, en los que se incluían selectos embutidos, gran cantidad de aperitivos enlatados, y productos selectos de alta gama culinaria, que habían sido enviados por sus familiares.
Aunque se puede, decir que lo mejor de aquella guardia, fue cuando un civil, que en años pasados estuvo en aquel cuartel, y que era del pueblo de Barbastro, apareció por la puerta del cuartel, y nos obsequió con una caja de 12 botellas de pacharán.
Un civil, que regentaba un bar cercano a la estación de Barbastro, y que en el tiempo que él estuvo en el cuartel, le tocó vivir una nochebuena de guardia, en aquellos años en donde el servicio militar, no era de un año, si no de tres años.
Por eso, desde que se licenció, hizo la promesa, que todos los años obsequiaría a los que en esos días de navidad, estuvieran de guardia en el cuartel.

En el cuerpo de guardia, y conociendo que en tal día, no había posibilidad alguna de que apareciese ningún mando, organizamos una fiesta, en la que cada media hora, acudíamos a la cantina, para abastecernos de bebidas, y de tabaco.

Una cosa estaba clara, y era que antes del toque de diana, deberíamos de estar todos en perfectas condiciones, ya que por la mañana, acudiría el capellán castrense, para realizarnos la misa de Navidad, y el sargento de cocina, para prepararnos a los que aquellos días nos quedamos una opípara comida.

En aquella mañana del día de Navidad, era gracioso el poder ver cómo los que nos iban a reemplazar en el cuerpo de guardia, no habían dormido ni siquiera cinco minutos, y arrastraban todavía la fuerte borrachera, o resaca de la noche vivida entre cubalibres, bebidas varias, y sobre todo entre la gran cantidad de “porros”, que algunos no pararon de fumar durante la noche.

Una noche, en la que nos olvidamos completamente, el estar alejados de nuestros familiares, jugando al Chinchón, al póker, escuchando música, y sobre todo disfrutando de tal momento, en el que se pudo apreciar el auténtico sentido del compañerismo, y amistad.
Una noche, en la que sin saberlo, descubriríamos que un soldado, era un traidor entre sus compañeros, siendo un confidente del odiado Sargento Navarro.

Sin saber, cómo, ni por quien, el sargento Navarro, el día 26, estaba enterado de todo lo que en el cuerpo de guardia sucedió en la guardia de Nochebuena, arrestándonos a todos los que en aquella noche, y en la mañana de Navidad, hicimos guardia.

Un arresto, que marcaría mi futuro dentro del ejército, por lo que en días posteriores sucedería, un arresto que sería de diez días de servicio de cocina (limpieza), y un fin de semana sin permiso, para poder salir del cuartel.

De aquel arresto, se puede decir que lo que menos me preocupó, fue el arresto de fin de semana sin paseo, pues enseguida lo hice, ya que prefería hacerlo antes de la nochevieja, pues varios habíamos quedado para ir al pueblo de Barbastro, a comernos las uvas, y disfrutar la posterior fiesta.

Pero, el servicio de limpieza de cocinas, era un auténtico infierno, pues bajo los gritos del sargento cocina, teníamos que fregar cacerolas, y cubiertos, y mesas de trabajo, cómo para un regimiento, (nunca mejor dicho).
Algo que en los primeros días, realicé sin mucho agrado, pero no me quedaba más remedio, pues era o hacer ese servicio, o ir al calabozo.
Al llegar el día 31 de diciembre, aun me quedaban por delante cinco largos días de arresto en cocinas, pero al igual que sucediese en el día de Nochebuena, y en el dia de Navidad, nuestro cuartel, quedaba semivacío, al irse todos los mandos a sus respectivos hogares familiares.

Un grupo de soldados, lo teníamos todo planeado, tras la cena de Nochevieja, y el haber limpiado la cocina, saldríamos a los pubs de Barbastro, y a comernos las uvas en la plaza de esta localidad, quedándonos luego a dormir en casa de un compañero que tenía un piso alquilado en aquel pueblo.

Acudiríamos al día siguiente al cuartel, para realizar el servicio de cocina, después de haber disfrutado aquella entrada de año, ya que ninguno de los que nos iríamos a pasar la Nochevieja, teníamos guardia el día uno.

Tras comernos, las uvas en la plaza, y tras vestirnos de calle, para disimular nuestra soldadesca, y así poder intentar ligar con las chicas del pueblo, acudimos en grupo a la zona de bares, y pubs del pueblo.
Era gracioso, el poder ver como a pesar de ir vestidos de paisano, todos sabían que éramos militares del cuartel, ya que nuestras cabezas rapadas nos delataban. (Algo que al contrario que pensaban otros, era beneficioso para nosotros, pues a las chicas de aquella población, les encantaba “enrollarse”, con esos militares, que son amores de paso, y que tras un año desaparecen).

Mientras, que mis compañeros de cuartel se preparaban, y fumaban sus cigarritos de la risa (creyéndose que así ligarían mas), yo cómo lo que era, un simple “pardillo”, y tímido, ante el sexo femenino, me quedé sentado en la barra, con mi correspondiente, cubata, que sorprendía a cada camarero cuando lo pedía.
En aquella época, y copiado de una película de James Bond, yo tomaba, Bacardí con leche, aunque mi juvenil imaginación, hacía también que tomara, pacharán con leche, o bíter kas, con unas gotas de ginebra Larios.

Unos se creían más fuertes, o mayores, por fumar porros, beber gran cantidad de cubatas, o involucrarse en peleas, o hacerse los “machitos”, yo sin embargo, creía, y pensaba, que para ser diferente, tenía que beber cosas diferentes, lo cual creaba expectación en los que me veían pedir, o beber aquellas bebidas.
Fue estando apoyado en la barra, y bebiendo mi pacharán con leche, (en vaso de tubo, y con la leche natural), cuando una joven chica, de más o menos mi edad, se acercó junto a mí…

– ¿Qué bebes, Bayleis…?

Esa pregunta, me hizo reír, pues eran muchos los que confundían aquella extraña bebida, con el Bayleis, debido a su color blanquinoso, y lechoso.

– No, es Pacharán con leche…

Le contesté, a aquella chica, que puso en seguida cara de asombro, y de asco, ante lo que le decía.
– Puagg, eso debe de estar asqueroso, va no me tomes el pelo, que eso es Bayleis…

Tras volverle a decir, que aquello no era Bayleis, le ofrecí para que lo probara..

– Ostia, es verdad, pues no está malo, está dulzón por el pacharán…

En ese momento, la joven le pidió lo mismo al camarero, el cual dijo:

– No, si al final lo probaré hasta yo, jajaja…

Aquella chica, se quedó pegada junto a mí en la barra, y de repente me preguntó:

-¿De dónde eres…?
– ¿Qué haces aquí solo…?
– ¿Cómo te llamas…?
– ¿Por qué no bailas…?

Una cosa, tenía yo clara, y era que aquella chavala me estaba entrando, y yo era, muy tímido, para entrarle a ella.
Así que sin moverme de la barra, le empecé a contestar a todas sus preguntas, y a decirle que estaba esperando a mis compañeros de cuartel que estaban en la calle, junto con chicas del pueblo.

En ese preciso momento, entraron mis compañeros, y tras echar uno de ellos, su mano sobre mi hombro, me dijo al oído:

– Oye José, que nosotros nos vamos con estas chavalas al piso, pero luego volvemos, que hoy hemos pillado “cacho”, ¿te quedas aquí hasta que volvamos?

Haber pillado “cacho”, significaba, que ambas parejas, estarían ocupadas durante bastante tiempo, en las dos habitaciones del pequeño piso, y que a falta de compañera, yo sobraba.

– Tranquilos, que yo me quedo por aquí, pero no me dejéis colgado, y venid, eh…

Mi compañero, al ver que me quedaba solo junto a aquella chica a mi lado, le dijo al camarero, que me pusiera otra copa, a la cual me invitó, y volviendo a dirigirse a mí, me dijo en el oído:

– Venga, que tú esta noche también follarás, pero intenta que sea con otra, esa no te la aconsejo, pues tendrás problemas…

Dándose, la vuelta, y juntándose con los que le esperaban para ir al piso, me dejó con la palabra en la boca.

¿Por qué me habría dicho eso, de que no me aconsejaba, la chavala que estaba junto a mí?
La verdad, es que aquella chica, que se llamaba Marga, no estaba nada mal, y seguía estando cerca mía, lo cual ya era un logro para mí, pues ligaba menos, que un pensionista de noventa años, por ser tan tímido, delgado, y con gafas.

Pero la fiesta de Nochevieja, seguía en aquel pub, con el gran jolgorio de la gente, y un espectacular ambiente en las calles de Barbastro.

¿Bailas conmigo, un poco…?

Me pregunto Marga, mientras que yo, ya había pensado en decírselo, pero no tenía valor, ya que era un pésimo bailarín.

– Me encantaría, pero soy muy torpe, y no se casi bailar…

Ella se rió, y me dijo que estuviese tranquilo, que ella tampoco era muy buena bailarina, y lo importante, era no estar apalancados en la barra.

Así, que haciéndole caso, me dirigí junto a ella a la pista de baile, y con nuestras bebidas en la mano, empezamos a bailar, el uno frente al otro.
Marga, moviéndose al ritmo de la música, no me quitaba ojo de encima, y en sus ojos pude observar, un brillo que tan solo sale cuando sientes algo por el que está junto a ti.

En aquellos años, la música de los pubs, y discotecas, eran muy diferentes a las de hoy en día, ya que hoy en día toda música de esos establecimientos, es de movimiento constante, y por aquellos años era una música disco, que de vez en cuando se compaginaba con alguna lenta o romántica, para poder bailar pegados.
Aun faltaría cerca de una década, para la aparición del “bacalao”.

Fue en uno de esos cambios entre la música disco, y la canción romántica, en los que me pude dar cuenta que la chica llamada Marga, estaba atraída por mí, e igualmente yo por ella.

Cuando empezó a sonar aquella romántica canción, Marga se agarró a mi cintura, envolviéndome con sus brazos, y apoyando su cabeza sobre mis hombros…

No sé si sería la canción, el ambiente romántico, mi colonia (Crosmen), o los cubatas que llevábamos encima, pero de repente lo que yo anhelaba con gran deseo sucedió…

Marga, comenzó a darme besos en el cuello, y lentamente buscaba mi cara, y mis labios, mientras que sus manos se deslizaban por mi espalda, acariciándome con gran dulzura.

Unos labios que llegaron a encontrarse, junto con los míos, haciendo que esa canción fuera interminable, y envolviéndome en un momento inolvidable.
Tras acaramelarnos los dos, cómo dos tontos enamorados, y empezándonos a tratar cómo si nos conociéramos de toda la vida, empezamos a hacer una ruta por la plaza, y por los demás establecimientos, y pasando una noche como si de dos novios se tratase, caminando cogidos por la cintura, o de la mano, y aprovechándonos de cada esquina o pared, para apoyarnos y besarnos con gran pasión.
Eran muchos los que nos veían, y muchas de las chicas del pueblo, amigas de Marga, las que nos paraban, a lo que ella aprovechaba para presentármelas, y poder hacer así, más amistades en aquel pueblo, en el cual tan solo era conocido por los compañeros de cuartel.

Sobre las cuatro de la madrugada, de aquel primer día del año, y tras haber pasado unas horas inolvidables para un adolescente, en las que casi llegamos a mayores, sino fuera porque las habitaciones del piso estaban ocupadas por mis compañeros, y sus acompañantes.

Marga, me comentó que ya era la hora de volver a su casa, ya que tenía que estar a las cinco de la mañana.
Al preguntarle que donde vivía, ella me contestó que vivía cerca del cuartel, justamente en los pisos de la estación.
Así que decidí acompañarla, y así estaría en el cuartel para el toque de diana, y no dormir o molestar así a mis compañeros en el piso del pueblo.

Tras una pequeña caminata, entre el pueblo, y el barrio de la estación, y faltando todavía quince minutos para que Marga subiese a su casa, decidimos quedarnos un ratito, besándonos, y acariciándonos en el portal de su casa.
Unos besos, y unas caricias, que hicieron que nuestras manos no pudieran estar quietas, buscando el interior de nuestros cuerpos, en los que nos acariciábamos pechos, y espalda con gran ternura, mientras nuestras lenguas se enroscaban en apasionados besos.

Marga, me empujaba hasta el interior del portal , en donde la luz de la fría escalera estaba apagada, y podía tener así la intimidad para poder pasar a lo que ella en verdad deseaba, que no era otra cosa que desabrocharme el pantalón.

Para mí, aquel momento era un sueño por cumplir, pues con mis diecisiete años, yo era completamente virgen en lo que a una relación femenina se refería, y cómo se decía por aquellos años…
“Yo, iba más salido que la pipa de un indio”

Cosas de la edad, y de las hormonas, supongo…

En ese, preciso, y mágico momento, en el que nos introdujimos en el portal de aquel edificio, de repente, y cómo si el destino quisiera impedir, mi primer estreno sexual.
La luz de la escalera, se encendió, mientras que una voz que me era muy familiar, exclamaba:

-¿Margarita, subes ya o tengo que bajar que yo…?

Abrochándome rápidamente, el cinturón e intentando meterme a toda prisa la camisa por dentro del pantalón, me quedé completamente petrificado, mientras seguía escuchando la voz que desde dos plantas más arriba se dirigía a nosotros:

– Me cago en Dios…
– ¿Con quién estás Margarita?

Ahora podía entender perfectamente, lo que mis compañeros intentaron advertirme horas antes, con eso de que esa chica me traería problemas…
De todas las chicas que podía haber en Barbastro, y sobre todo de todas las que había en un día tan especial cómo el día de Nochevieja, maldita sea mi estampa, me había enrollado con la hija del despiadado, y cruel Sargento Navarro.

Una voz, que me hizo salir corriendo de aquel lugar, cómo alma que lleva el diablo, con el único propósito de no ser pillado por aquel amargado sujeto sin corazón.

Se me quitó, los efectos del alcohol ingerido aquella Nochevieja de golpe, aunque aún faltarían unas horas para los golpes de verdad.

Por si me seguía, o decidía preguntar en el cuerpo de guardia, si había entrado algún soldado, decidí volver corriendo al pueblo, y volver al cuartel más tarde, junto con mis compañeros, los cuales me podrían hacer el favor de no contar a nadie con quien había estado aquella noche.

En esa mañana, del día uno de enero de 1987, nos encaminamos de vuelta al cuartel, en donde sin saberlo, tenía firmada mi sentencia de muerte.

Durante el trayecto, les recriminé a mis compañeros, el no haberme avisado de que Marga era la hija de Navarro, y que si lo llego a saber no me hubiese enrollado con ella.

Ellos, no paraban de decirme, que lo habían intentado, pero que las chicas que los acompañaban no querían decir nada, ya que eran amigas de ella.
También me contaron, que por lo visto, la dulce Marga, había mantenido relaciones con casi todo el cuartel, sobre todo con los que no llegábamos a los veinte años, y que a más de uno, le habían enviado al “castillo”, que era cómo se llamaba la prisión militar.

En nuestra llegada al cuartel, y tras formar en el patio, justamente delante del sargento Navarro, me pude dar cuenta que no me reconoció, cuando salí de su portal, por lo que me quedé más tranquilo.

Eso sí, el sargento no pararía aquella mañana de averiguar con quien había estado su hija, y sobre todo con quien la habían visto en el pueblo, en la fiesta de Nochevieja.

Durante aquella mañana, muchos de los compañeros de cuartel me miraban, y se reían, cantándome aquella canción que en años pasados triunfó en una película española, y que decía, nunca mejor dicho…

-“Margarita se llama mi amor, Margarita Rodríguez Valdés, una chica, chica, chica bum, del calibre 133…”

La madre, que los parió…
Con el miedo y los nervios que pasé, hasta darme cuenta de que el sargento no me vio, y ellos encima se pitorreaban de mí.
Pero por suerte, en aquella mañana no pasó nada, y nuestro sargento no se enteró, de que fui yo el que estuvo con margarita.

En aquella tarde del día uno, y tras la obligada limpieza de cocinas, y sobre todo tras el agotamiento que llevaba por haber trasnochado, me dirigí a la compañía, en donde me tumbé sobre mi litera, con la intención de dormir toda la tarde.

Un sueño, que se vería alterado, sobre las seis de la tarde, en cuando un desencajado sargento Navarro, hizo acto de presencia en la compañía.

Al llegar junto a mí, me enganchó de la pechera con las dos manos, y me lanzó, como si de un saco se tratase, contra las taquillas.

– Hijo de la gran puta, cabrón, te voy a matar, te vas a pegar más mili que Franco…

Y miles de cosas más, salían de su boca la cual echaba un fuerte olor a alcohol, mientras que no paraba de zarandearme de un lado a otro.

– ¿Con quién estabas anoche, eh, dime cabrón, o te mato ahora mismo, pedazo hijo puta…?
– ¿Qué hacías tú con mi hija, que te creías que no me iba a enterar…?

Yo con el único propósito de que me dejara de golpear, le dije que no sabía que era su hija, y que tan solo la vi, en el pueblo, y tomé una copa con ella, nada más, que luego me fui con mis compañeros al piso.
Varios de mis compañeros, tras ser interrogados por el sargento, me dieron la razón, ayudándome así a esconder la verdad, que no era otra que sí que era yo, el que estuvo en su portal. (Pero si se lo decía, ese hombre era capaz de matarme allí mismo).

– Mira, no sé si serás tú o no, pero te juro que me voy a enterar, mientras tanto, te voy a putear más de lo que te puedas imaginar, y si me tocas los cojones te mato.

Volviéndome a soltar, un tremendo golpe contra el pecho, mientras que me lanzaba una mirada que hacía temblar al más veterano, se dio media vuelta, y se encaminó hacia la salida de la compañía, dejándome arrodillado por el dolor, y llorando desconsoladamente.

Tras la salida del sargento, fueron varios los compañeros que se acercaron junto a mí, intentándome calmar, y sobre todo ayudándome a colocarme sobre la cama, ya que los golpes recibidos, me habían hecho sangrar las narices, y un fuerte dolor me envolvía todo el cuerpo.

Todos me decían, que cómo se me había ocurrido liarme con Margarita, que más de un soldado de remplazo, había acabado pegándose toda la mili en el castillo, por haberlo hecho.
Pero…
¿Qué sabía yo, de que aquella chavala de mi misma edad era la hija del sargento, y sobre todo que era una ninfómana, que siempre buscaba la carne de los soldados, acarreándole infinidad de problemas?
Al día siguiente, en oficinas, me enteraría que estaría arrestado de salidas del cuartel, hasta nuevo aviso por parte del sargento, y que mi servicio en cocinas, se vería incrementado de forma indefinida, además de unas cuantas guardias, e imaginarias, impuestas por el sargento Navarro, del cual me había convertido en su claro objetivo.

Tenía un futuro muy negro por delante, y algo debía de hacer, algo que me impidiese volver a ser el objetivo de los golpes de Navarro, y de sus abusos de autoridad.

En primer lugar, yo nunca deseé ser soldado, pues fue obligación impuesta por parte de mi madre, y en segundo lugar, el tiempo que me quedara de estar en el cuartel, no quería ser el objetivo de aquel sargento.

Así, que al igual que hiciera en ocasiones anteriores en mi internado, tenía que simular un ataque de nervios, y hacerme el “ido”, para por lo menos ser alojado en la enfermería, y estar alejado del sargento, y de los servicios obligados.

En San Viator, muchas veces, cuando algún mayor me quería pegar, hacia cómo si me diera un ataque de nervios (como los que le daba, a mi compañero Carmelo), y empezaba a lanzar sillas, y todo lo que encontrase por delante.
Más ruido, más creíble era, y sobre todo si te enganchaban de los brazos, yo tenía que estirar mis piernas, eso sí, haciendo todo el teatro posible, y revolcándome por el suelo, como si de un poseso se tratase…

Para realizar ese teatro, era fácil, pues tan solo tenía que pensar en las palizas de mi madre, y en todo lo malo vivido junto a ella, y sobre todo tenía que sacar toda la rabia que llevaba en el interior.
Eso sí siempre diciendo, frases inconcretas, y lanzando objetos, pues hacia que fuese más creíble, mi locura.
En la tarde de aquel día dos de enero, y tras haber pasado una mañana , dura bajo las órdenes del despiadado sargento, empecé mi “Gran obra Teatral”, una obra, cuyo principal objetivo era el ser relevado de todo servicio, sobre todo de los que el sargento Navarro me había asignado, como arresto.

Durante aquella tarde, estando limpiando las cocinas, me acerqué al sargento cocinas, y le dije con cara de encontrarme mal:

– Mi sargento, me duele mucho la cabeza, y tengo frío, creo que voy a vomitar…

El sargento cocina, (perro viejo, al que a lo largo de los años algún soldado se la había colado), dirigiéndose a mí, con la rudeza de la vida militar, me obligó a seguir con mis tareas de limpieza, diciendo que quedaba poco, y que luego me acercase a la enfermería, en vez de ir a la cantina.

Malo, malo, malo…
Me había salido mal mi intentona, por lo cual tenía que hacer más teatro.
Un teatro, que fuera creíble, a los ojos de todos los que en la cocina se encontraban, y sobre todo una representación que me llevase a la enfermería, y no a los calabozos.

Agachado, limpiando las puertas metálicas de acero inoxidable, que en la parte baja de las mesas de cocina había, me vino la revelación…

Lo primero era hacer que la gran olla que había sobre la mesa cayera al suelo, efectuando así un gran ruido.
Lo segundo, era golpearme ligeramente en la nariz, sin que nadie me viese, y empezar así a sangrar. (Hay que recordar, que desde pequeño, debido a las constantes palizas de mi madre, el mínimo rasguño, me provocaba un fuerte sangrado de las fosas nasales).
Pero lo tercero y principal, era gritar, y realizar movimientos temblorosos, entre balbuceos, ira, e inconsciencia, unos movimientos iguales a los que realizaba mi compañero, y gran amigo de San Viator Carmelo, el cual sufría ataques epilépticos.

Y así, empecé la función…

En un momento, todo el personal de cocina se puso a mi lado, diciéndome que me calmara, a lo que yo por mi parte me ponía más nervioso en mi representación, y no podía echarme para atrás, por lo que le sumaba dentro de ese ataque fingido, unos mareos que me hacían caer al suelo.

Para fingir aquel ataque, no había nada más que pensar en lo vivido en mi hogar, lo desdichado que yo me consideraba, y expresarlo haciéndome el loco.
Algunos compañeros que intentaban agarrarme de los brazos para sujetarme fueron lastimados por mi nerviosismo, ya que agarrotaba piernas y brazos, impidiendo que nadie me sujetase.
Todos me decían, al verme en aquel estado…

-cálmate, cálmate…
-tranquilo, tranquilo…

Una cosa estaba clara, y es que al sargento cocina, conseguí engañarlo esta vez, gracias a mi sistema nervioso tan alterado, y sobre todo al ver como tres soldados, intentaban sujetarme brazos, y piernas, fuertemente, mientras yo me resistía.
Parecía mentira, pero aquel delgaducho, y desgarbado joven de tan solo 58 Kg de peso, estiraba piernas y cuerpo, cómo si poseído estuviese, no dejándome sujetar en ningún momento, por los fornidos compañeros.

El sargento cocina, envió urgentemente a un soldado a la busca del capitán médico, que estaba en la enfermería, el cual cuando llegó a la cocina y me vio en aquel estado, ordenó que me llevasen a la enfermería.

Un capitán médico, que lo primero que intentó, fue inyectarme una inyección de Valium 10, (un fuerte calmante), a lo que yo me negaba, por mi fobia a las agujas, poniéndome todavía más nervioso, y efectuando más teatro.
Un capitán médico, al que incluso llegué a propinarle una patada, cuando intentó inyectarme, por lo cual al verme tan rígido, decidió, que me tomara unas pastillas de Valium 5.

Finalmente, y cansado por el agotamiento del fingido ataque, accedí a tomarme las pastillas, quedando ingresado en la enfermería, en donde quedaría en observación, y relevado de toda guardia, y servicio.

Al cabo de dos horas, y tras ser visitado en varias ocasiones por el capitán médico para ver mi estado, (cada vez que él aparecía, yo me hacia el dormido).
Al cabo de esas dos horas, y justo antes del horario de cenas, una visita inesperada a la enfermería, me dejaría helado…

Entrando por la puerta de aquella sala, en donde doce camas vacías, me rodeaban, apareció el cruel, sargento Navarro, el cual se dirigió hacia mí.

– ¿Tú te crees que soy idiota o qué…?

Sus palabras, y sobre todo su mirada de demente, y cruel militar, casi hicieron que me meara en la cama del pánico que me producía.

¿Me habría pillado en mi obra representativa, en la cual quería librarme de su venganza hacia mí, por haber conocido a su hija?

– Puedes tomarles el pelo a todos, pero a mí no me lo toma ni mi padre, así que se me levante, y vístase, que usted se va para el calabozo, y mañana hablaremos…

No podía ser, maldita sea, algo debía de hacer, o si no el tiempo que me pasase en aquel cuartel, sería el objeto de aquel desalmado oficial “Chusquero”.

Tras decirme aquello, y tras cuadrarme delante de él, el cual me obligó a levantarme de la cama, empecé a realizar mi segundo, y más importante acto.
Un acto que tendría que ser escuchado, por los soldados que estaban de guardia en la enfermería, los cuales tenían orden del capitán medico de avisarle en caso de que me diera un nuevo ataque.

Cuadrándome delante del cruel sargento, hice cómo si se me doblaran de repente las rodillas, y cayendo bruscamente al suelo, empecé de nuevo a patalear, y chillar en el suelo, con el único fin de ser oído por los auxiliares de enfermería.
Unos auxiliares, que rápidamente salieron en busca del capitán, el cual no tardó ni cinco minutos en llegar.
Unos cinco minutos, que se me hicieron interminables, ya no tan solo por mi interpretación, sino porque delante de mí estaba el cruel sargento, el cual no paraba de gritarme…

-¡Que se me levante coño, que no soy gilipollas, y no me tomarás el pelo…¡

Mientras que no paraba de gritarme, yo dentro de mi fingida locura o ataque, me introducía en la parte baja de la cama, mientras el desalmado sargento, aprovechaba para golpearme, con los pies, e intentar sacarme de debajo de la cama, mientras no paraba de insultarme.

De repente, un fuerte grito, retumbó en toda la enfermería, un grito que no provenía del sargento Navarro, y que lo dejó petrificado a los pies de mi cama…

-¿Usted, es imbécil o qué…?

Acababa de entrar en la sala, el joven capitán médico, el cual sin darse cuenta, había sido mi “Gran Salvador”.
Un Capitán médico, que al contrario, que la mayoría de los oficiales de aquel cuartel, no provenía de una vida dedicada al ejército, sino que procedía de la Academia, lo cual lo hacía más humano en el trato hacia la tropa.

-Usted, no sabe lo que me ha costado calmarlo esta tarde, y ahora viene a tocarme los cojones…

La fuerte reprimenda del Capitán médico, hizo que el sargento saliese rápidamente de la enfermería, mientras que yo, seguía fingiendo en el suelo, e intentaba que mis jadeos fueran sonoros, como sollozos (la verdad es que aquellos sollozos no me costó mucho en fingirlos, pues estaba llorando de verdad por los golpes e insultos del sargento Navarro).

Dirigiéndose, el capitán a uno de los soldados, le ordenó mandar llamar a los encargados de la ambulancia, para trasladarme al hospital militar de Huesca, para ser vigilado, por si por la noche me daba algún nuevo ataque, y para realizarme al día siguiente, las pruebas oportunas.
Tras haber escuchado lo de mi traslado, y que por fin iba a salir de aquel cuartel, y sobre todo me alejaría del demente sargento, comencé a calmarme, ya que también había oído al capitán médico, que mi traslado fuese una vez calmado.

En un principio, cuando salí de aquel cuartel, no me podía ni imaginar que nunca más volvería a pisar aquellas antiguas instalaciones, ya que yo pensaba que tras estar unos días en el hospital, y descubrir que no tenía nada, y que tan solo fingía, me volverían a llevar al cuartel.
Algo que nunca sucedió, y por una vez la suerte, y el azar se pusieron de mi lado.

Tras una cerca de una hora en la parte trasera de la ambulancia, en la que no paré de hablar con los soldados, tranquilamente, llegamos al hospital militar de la capital oscense.
Un hospital, dentro de un acuartelamiento, en el que nada más llegar me llevaría una grata sorpresa, ya que el oficial al mando decidió que fuese trasladado al hospital militar de Zaragoza, ya que en Huesca, no se llevaba el departamento de consultas psiquiátricas, y tan solo se llevaba en el hospital militar de la capital aragonesa.

Tras ser leído el informe médico, que el capitán medico de mi cuartel de Barbastro elaboró, en el cual se detallaban los dos ataques sufridos, y sobre todo, que tan solo un mes antes había sido superviviente de la tremenda avalancha que causó la muerte a varios compañeros, se decidió, que fuese seguido por el psiquiatra militar de Zaragoza, durante cuatro visitas, tras las cuales, pasaría a disposición del tribunal médico militar, en donde se juzgaría si sería apto para el servicio militar, me darían una prorroga temporal, o sí que daría licenciado definitivamente del servicio, al cual me vi obligado a alistarme por parte de mi madre.
Tras cenar, y dormir aquella fría noche del mes de enero, en el hospital castrense de Huesca, nuevamente fui trasladado a un nuevo acuartelamiento, esta vez frente al hospital militar de Zaragoza.
Un lugar en donde rebajado de todo servicio, y guardia, tenía que estar a dormir, a cenar, y comer, esperando las consultas que tenía que pasar cada jueves.
El acuartelamiento de transeúntes, era el cuartel, en donde todos los soldados de los cuerpos de tierra, mar, y aire, de la Región Militar, se quedaban a dormir, a espera de sus consultas médicas, o a espera de la decisión del Tribunal Médico Militar.

Bueno, y…
¿Qué iba a hacer yo durante ese mes en un cuartel en el que no tenía servicio alguno?

Pues muy fácil, al ser de Zaragoza, y tener casa en la ciudad, si hubiese querido me hubiese podido quedar a dormir en casa de mi madre, (es lo que se llama pase de pernocta), pero el odio de mi madre, y sobre todo mi discusión meses atrás con Julio, me lo impedían.
Así que durante toda la semana, me dedicaba a visitar San Viator, mis amigos del barrio La Paz, de San José, y a mis ex compañeros de La Salle.
Eso sí, siempre que todos los jueves a las nueve de la mañana estuviese en la consulta del psiquiatra militar.

En aquel cuartel, o lugar de espera médica, en el cual tan solo pernoctábamos, conseguí hacer varios amigos, sobre todo con los que allí estaban asignados para nuestra vigilancia, y que tenían dentro de aquella compañía un cuarto en el que pasábamos grandes momentos, jugando a las cartas, fumando, o haciéndonos cubalibres con colonia y Coca Cola, siempre al calor de una estufa eléctrica, en la cual tostábamos pan con chocolate.

Pero, no sería ninguno de aquellos soldados asignados a nuestra vigilancia, los que me marcarían en el momento más trágico de mi vida, sino un chico que lo tenía como compañero de litera, y que estaba allí asignado para acudir a las consultas de traumatología, que todos los martes tenía que realizar en el hospital.
Un chico con el que hice una gran amistad, ya que al igual que yo, él era voluntario, y nuestra edad era mucho más joven que la de toda la gente que nos rodeaba.
Jesús, que era como se llamaba aquel joven soldado, provenía de la Academia General Miliar, y había tenido una lesión en la pierna, por la cual tenía que acudir a rehabilitación en el Hospital.

Con él, conseguí tener ese amigo que toda la gente habla, ese amigo que tan solo se hace en el servicio militar, y al que cuentas toda tu vida, y compartes todos tus pesares.
Le enseñé Zaragoza, San Viator, y todos los lugares conocidos por mí, pero sobre todo le enseñé las zonas de pubs, y el famoso “Tubo”, que era lo más conocido, por los puestos de tabaco de contrabando (mucho más barato que en los estancos, y de marcas que no se conocían en España, por ser tabaco americano).

Nos poníamos hasta el gorro de bocadillos de tortilla de patata con salsa brava, o de bocadillos de calamares también con salsa brava, los cuales eran gigantescos, y muy baratos.
También me lo llevé en varias ocasiones a donde yo jugué al baloncesto, el Stadium Casablanca, en donde él aprovechaba para hacer un poco de deporte, y rehabilitar su pierna dañada, ya que su mayor deseo al contrario que yo, era el volver lo antes posible a su vida militar en la Academia.
Lo cual no tardó en llegar…
Una buena tarde, tras haber estado todo el día visitando a mis amigos de San Viator, y haberme pegado todo el día matando el tiempo por Zaragoza, volví al cuartel, en donde mi amigo Jesús, que ese día había pasado visita en el hospital, me comentó con gran entusiasmo…

-Hey tío, vamos al bar del barrio que tenemos que celebrar mi despedida, ya me han dado el alta, y mañana vuelvo a la Academia.
Tan solo tengo que volver el martes que viene, para hacerme una exploración, y una radiografía, pero ya me quedo a dormir en la academia.

Aquella noche, estuvimos hasta la hora de “retreta” celebrándolo, en el bar de al lado del cuartel de transeúntes, en el cual nos cenamos un par de bocatas, y vimos en la televisión un partido de la copa de Europa.
A mí me apenaba su marcha, ya que era con la persona que mejor me llevaba en mi vida militar, y sobre todo porque con él me olvidaba de malos momentos vividos, y de lo penoso que yo consideraba que era mi subsistir.

Al día siguiente, tras desayunar y haber recogido su alta médica del hospital, ambos nos despedimos, prometiéndonos repetir la cena del día anterior cuando el volviese la semana próxima para su revisión, y radiografías.
Yo mientras tanto, seguiría esperando en aquel cuartel a mis cada vez menos consultas de los jueves, antes de la decisión del Tribunal Médico Militar.

Quien me iba a decir, que aquella cena entre dos grandes amigos, jamás se produciría, y que ya nunca más podría ver a aquel joven muchacho, de carácter afable, y sobre todo gran compañero.

Una semana más tarde, justamente el día que mi amigo Jesús, acudiría a su visita al hospital militar, un grave suceso aterrorizó a toda Zaragoza, a toda España, pero sobre todo, a todos los que por aquel tiempo pertenecíamos al ejército español.
Un suceso, que nos puso en estado de alerta a todos los soldados, ya fueran los que estaban en activo, cómo los que como yo esperaban su Tribunal Médico.

Aquel comienzo de 1987, y sobre todo ese mes de enero, se me quedaría marcado para toda la vida, y justamente en ese mes descubrí hasta dónde puede llegar la demencia humana, y sus crueles actos.
En la primera hora de aquel día, más o menos sobre las ocho de la mañana, un autobús proveniente de la Academia General Militar, frente a las proximidades de la iglesia de San Juan de los Panetes, sufrió un cruel atentado de la denominada, y ya desgraciadamente famosa por aquellos años la banda terrorista ETA.

Un ataque terrorista, que provocó varios muertos, pero que sobre todo dejó más de una cuarentena de heridos entre los que se encontraba mi joven amigo Jesús, cuyo único delito aquel frío día de invierno, fue el de tener que acudir cómo casi todos los que iban en aquel autobús, a sus revisiones médicas, u obligaciones en la capital.

Aquel día se nos prohibió la salida del cuartel de Sanidad, también llamado de Transeúntes, pero por desgracia este cuartel en el que yo estaba alojado, y días atrás estaba mi amigo Jesús, estaba situado frente a frente al Hospital Militar, en donde con ojos de incomprensión, e impotencia, los soldados que allí nos encontrábamos, no parábamos de mirar casi llorosos, cómo gran número de ambulancias, y de coches militares, no paraban de introducirse en el hospital.

En uno de ellos, y con gran pesar para mí, iba mi inseparable amigo de buenos momentos Jesús, el cual tuvo la gran suerte de sobrevivir a aquella barbarie, pero a un alto precio, ya que perdió ambas piernas en el atentado, de lo cual me enteraría días más tarde.

En aquella semana, y debido al cruel acto terrorista, no hubo visitas de consulta en el hospital, posponiéndose una semana más mi estancia en aquel lugar.

Una estancia que ahora era mucho más dura para mí tras lo acontecido, pero sobre todo una estancia en la que me di cuenta de que yo no estaba hecho para esa vida militar, y ser constante objetivo de unos guerrilleros terroristas que buscan la victoria, matando mujeres y niños, y soldados indefensos que realizan un servicio militar obligatorio.

Mi tribunal médico estaba cercano, tan solo a dos días de pasar mi última consulta, y desde que fingí el ataque en Barbastro, nada impedía que yo fuese nuevamente enviado a Barbastro, y reincorporarme al servicio activo.
Algo tenía que hacer, pero rápido, y sobre todo bien pensado, antes del jueves que era el día de mi última consulta médica.

En la tarde de aquel miércoles, y tras tener claro que tenía que actuar esa noche, planifique, y llevé a cabo mi última función, una función con la que el tribunal médico me licenciase, y no me reincorporase al Valladolid 65.

Mi función, sería llevada a cabo durante el horario de la cena, justamente en el comedor, y al igual que sucediese en el cuartel de Barbastro, tendría que ser sonora, y sobre todo expectante por los allí asistentes.

Colocándome en el final de la fila, y tras recoger mí cena con la bandeja metálica, en la que teníamos el primer, el segundo, y el postre, los cubiertos y el pan.
Me dejé caer al suelo de rodillas, creando un gran ruido tras la caída de mi bandeja, y observándome todos los allí asistentes, que veían como me retorcía en el suelo, gritaba, y con los pies golpeaba todo lo que me rodeaba.

Rápidamente, varios soldados se aproximaron a sujetarme, gritando el típico entendido que me sujetasen la boca no me fuera a morder la lengua.
Eso significaba que la representación iba por buen camino, rápidamente del comedor de oficiales, acudió el Capitán médico, el cual ordenó mi traslado rápido a la enfermería, un traslado que tuvieron que hacer cuatro soldados, ya que yo no dejaba de dar patadas, y mover los brazos con gran violencia, y nerviosismo.
Tras llevarme, cogido de piernas y brazos, me dejaron en la enfermería en donde esta vez sí que consiguieron inyectarme una inyección de Valium, aunque la verdad, puedo decir que cuando es un ataque fingido, tal medicamento no hace absolutamente nada, sea Valium 5, o Valium 10. Pues se es consciente, de que de esa representación está dependiendo tu futuro.

Una vez en la enfermería, decidí calmarme un poco, pues yo quería que hubiese constancia de aquel ataque, pero no deseaba que me llevaran al hospital y quedar ingresado, lo cual me haría más larga la estancia en la vida militar, y ya tenía pensado, y planificado, mi futuro más cercano una vez licenciado.

Y así fue…
Al día siguiente, el oficial al mando de la enfermería del cuartel de sanidad, dio el informe correspondiente al médico que llevaba mi caso en el hospital militar, quedando visto para sentencia, por el Tribunal Médico Militar, el cual una semana más tarde, decidió darme, la Licencia Temporal del ejército, es decir, durante año, y medio dejaría mi obligada vida castrense.

Una nueva vida, y sobre todo, unas nuevas metas se anteponían para mí, lejos de aquella vida de militar obligado, y de la demencia de desalmados, ya fuesen terroristas, o sargentos Navarro, sin el respeto hacia la vida de las personas.

Mi primera meta, acudir a casa de mi madre, a la que le contaría todo lo vivido en mi corta vida militar, y a la cual le contaría con exactitud, mi segunda y principal meta…
Ir en busca de mi autentico padre, aquel que mi tutor me dijo que se llamaba Domingo, “Dominguín” para los amigos, y que era de un pueblo llamado Albatera, en la provincia de Alicante.

Tras haber recibido la licencia temporal, acudí a casa de mi madre, en la cual le conté mis intenciones, y ella me dijo claramente, que no me deseaba en casa, pues prefería el vivir con Julio, que tenerme cerca, y que le daba igual lo que hiciese, mientras estuviese lejos de su vida, y de la de Julio.
Tras coger una pequeña mochila con ropa, me encaminé hacia la aventura de mi vida, el recorrer desde Zaragoza, hasta Alicante, buscando el amor de un padre desconocido para mí, y quien dice una nueva vida para mí, en la que lo único que anhelaba era un poco de amor, y tener una familia.
Un viaje, que haría por un camino más largo de lo normal, pues cualquier persona hubiese ido por la carretera de Valencia, y yo realicé por la carretera de Madrid, haciendo doscientos kilómetros más.

Ante mí, un sueño dorado, ir en busca de mi padre anhelado, cómo hiciera el personaje televisivo Marco, en busca de su mamá.
Pero esto, es la vida real, y el único “mono”, que me acompañaría en mi largo peregrinaje, sería el “mono” de amor paternal, nunca conocido en mi vida.

Infinidad de aventuras me aguardaban, y con ese viaje el final de mi relato, pues con diecisiete años, dejé las “Lágrimas de un Menor”, para dar paso, a las lágrimas de un hombre ya adulto, por lo vivido.

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